Vladislav miraba distraídamente las estanterías repletas de todo tipo de dulces y chucherías, cuando oyó una voz conocida a su espalda:

—No sabía que te interesaban tanto estas larpeiradas.

Se dio la vuelta para contemplar a Iria, que lucía la sonrisa burlona que siempre le dedicaba desde que se conocieron, hacía apenas una semana. Intentó disimular su sorpresa y, sobre todo, la alegría que le producía verla de nuevo.

—Vaya, qué 'coincidenza'.

Le miró con una expresión extraña, sin decir nada, por lo que se sintió obligado a añadir algo para romper el silencio.

—No sé qué son... ¿larperatas? —intentó.

Ella rio.

—Larpeiradas. Cosas ricas para comer, sobre todo dulces. ¿Qué te vas a comprar?

Vladislav negó con la cabeza.

—Solo estoy 'mirrando'. Hay poco que hacer en 'aerropuerto' hasta que salir avión.

—Bueno, también puedes leer un libro o usar tu portátil —señaló la funda que llevaba colgando al hombro.

—No me apetece, estoy todo día con él. Hay que 'desconictar'.

—Ya, 'desconictar'. —De repente parecía enfadada—. Tiene que ser difícil fingir un acento, ¿no? Cuando intento disimular el mío, se me olvida a los pocos minutos y vuelvo a proclamar a los cuatro vientos que soy gallega. Pero tú no te despistas ni un segundo.

—No sé de qué hablas.

—Pues que lo sé, que no eres ruso. El otro día te oí hablar en un castellano perfecto cuando pensabas que no te oía.

Al oír aquello, Vladislav se sobresaltó.

—Estás equivocada, Iria. En 'ferria' me has oído hablar ruso...

—Sí, desde luego, pero una cosa es que sepas hablar ruso y otra que lo seas. Si no eres Vladislav, el dueño de un restaurante de Moscú que ha visitado ExpoFoodSpain en busca de las últimas innovaciones, ¿quién demonios eres?

—Vale, me has pillado —admitió—. Sí sé español, pero me divierte fingir que no. ¿Es tan grave? Lo demás es cierto.

Iria le observó fijamente, calibrando si decía la verdad.

—¿No lo vas a admitir, entonces? —dijo al fin—. Pensé que lo que pasó entre nosotros en tu hotel podía ser el primer paso para algo más, pero si no confías en mí...

—No hay nada que admitir.

—¿Ah, no? Entonces esos programas que llevas en el portátil no son nada, ¿no?

Vladislav se quedó pálido.

—¿Cómo sabes lo que hay en mi portátil?

—Digamos que se me da bien la informática y que me gusta conocer a las personas con las que me acuesto.

El joven se pasó las manos por el pelo.

—Tiene que ser broma... Te molesta que te oculte cosas, pero no me cuentas que además de trabajar en una quesería artesanal eres medio hacker.

—¿Ves? ¿A que molesta?

—Está bien, te contaré a qué me dedico: soy experto en criptografía, y estoy siguiendo la pista a un famoso traficante de bitcoins.

—Uf, no he entendido nada —se quejó ella—. ¿Y has descubierto algo sobre dónde se encuentra?

Vladislav le guiñó el ojo.

—No, no tengo ni idea.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Hola. Recomendarte que para otra vez que metas palabras 'con acento' en vez de ponerlas entre comillas uses cursiva. Es lo que se suele hacer, y queda más fluido. Por lo demás, relato agradable de leer. Como curiosidad, decir que yo mismo pensé según leía que ese acento ruso salía en palabras muy escasas. No sé si es lo que buscabas (en ese caso, con todo acierto) o si que mi subconsciente se ha adelantado a la trama. De todas formas, ha quedado bien. Un saludo.


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