El aeropuerto era un continuo ir y venir de familias apresuradas —a las que parecían faltarles manos para sujetar maletas y niños excitados— y pasajeros despistados que buscaban indicaciones en las pantallas.

La proximidad de la Navidad inundaba el ambiente y golpeaba los bolsillos. El billete del vuelo Barajas-Vigo me había costado el triple de lo normal. Si mi madre no hubiera insistido tanto en pasar las vacaciones con los abuelos, jamás me habría gastado esa barbaridad.

«Vacaciones», reí para mis adentros. La mitad de mi maleta estaba llena de apuntes, pues tenía los parciales a la vuelta. Solo pensar en el temario de Neurología me revolvía las tripas. Estaba lleno de síndromes con nombres impronunciables y listas interminables.

Pasé el control con aquella maleta llena de ciencia, que pesaba como si llevase rocas, y esperé a que el IB532 apareciese en pantalla.

Dos niños jugaban animadamente hasta que uno tropezó y cayó de bruces. Por su nariz empezó a salir sangre a borbotones. Comenzó a llorar mientras la madre corría a socorrerle.

Un señor sentado a mi derecha se levantó y se acercó con calma.

—Perrdone, déjeme verr —dijo apartando a la mujer.

Por sus facciones marcadas y su acento cerrado, supuse que era ruso.

Examinó al pequeño y rasgó un pañuelo de papel, convirtiéndolo en la larga tira. Lo introdujo en su nariz y realizó lo que me pareció un taponamiento anterior perfecto.

El niño dejó de llorar y la madre lo abrazó agradecida.

La megafonía anunció la apertura de varias puertas de embarque.

—Moitas grazas, señor. Marcho que teño que marchar —dijo en gallego.

El niño se despidió con la mano ensangrentada.

—¿Es usted médico? —No pude evitar preguntar cuando volvió a sentarse a mi lado.

Me miró sorprendido y asintió.

—Perdone, es que soy estudiante de Medicina, de quinto curso.

—Ah, ya entiendo. —Sonrió—. Buena elección, durra, pero prreciosa.

—¿Trabaja aquí?

—Da. —Creo que mi rostro emocionado le invitó a seguir—. Empecé con un trrabajo eventual y ya llevo más de quince años.

—¿Qué especialidad? —pregunté con interés.

—Neurrocirrugía.

—¡Uoh! ¿Por qué?

Arrugó la frente. Entonces me percaté de que estaba siendo demasiado directo. Al fin y al cabo no le conocía de nada.

—Disculpe, nadie en mi entorno es médico y todavía no sé qué especialidad elegir.

—No te disculpes, yo también erra como tú: impulsivo y lleno de dudas.

Empezó a contarme sobre lo que ocurría al terminar la carrera, cómo todo cambiaba cuando llegabas al hospital y las respuestas desaparecían de los libros. Me habló de su experiencia aquí y en Rusia, del miedo y la incertidumbre que nunca te abandonaban, de la satisfacción de salvar una vida o el sufrimiento de despedirla.

Lamenté profundamente que abrieran mi puerta de embarque.

—Mucha suerrte. Elijas lo que elijas, segurro que te irrá bien —dijo dándome una palmadita.

Con renovada ilusión subí al avión y saqué los apuntes.

Lo había decidido. Quería ser como él.

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