El cambio de rumbo me cogió por sorpresa, tuve que agarrarme a los barrotes para no caer. El viejo de la celda contigua permanecía tumbado en el camastro sin inmutarse.

—Ya están aquí —dijo.

Era un tipo rudo, bastante tosco, y durante el mes de encierro que compartimos, no articuló palabra; hasta hoy.

—Cierra los ojos —dijo, mientras se ocultaba el rostro con su gorra.

No tuve tiempo: un resplandor me dejó sin visión, y un impacto en la popa inutilizó las defensas de la nave. «Joder, ¿qué ocurre ahora?», pensé.

—Te lo advertí —añadió—. No te preocupes, pronto recuperarás la vista. No hay mucho que ver, el pulso electromagnético nos ha dejado a oscuras.

Pude distinguir algo de luz a través del ventanal de estribor.

—Puedes verla, ¿verdad? Es una preciosidad.

Cientos de destellos iluminaron aquella una nave surgida de la nada. Las explosiones que siguieron a la andanada, hicieron estremecer nuestra prisión. Unas luces rojas, acompañadas de un agudo silbido, alertaron de la descompresión y escuché varios algunos sonidos que provenían del exterior.

—Tranquilo chico, son los ganchos de asalto. ¿Cuántos años tienes?

—Diecisiete, señor —respondí, no sin temor.

—Bien muchacho, observa y no pierdas detalle.

Los prisioneros salieron en tropel por los pasillos, algunos de ellos olvidaron los equipos de oxígeno.

—Imbéciles, no llegarán muy lejos. ¿Por qué no me acercas un respirador?

Salí de la celda y cogí un par de aquellos trastos, me senté junto al viejo y permanecí contemplando el asalto.

Distinguí el dibujo de una carabela en la parte delantera de aquella nave que se acercaba a gran velocidad con el ariete desplegado, me agarré a la cama todo lo fuerte que pude: el impacto casi me hace volar.

—¿Cómo te llamas chico?

-Auriel, señor, me llamo Auriel.

—Bien muchacho, mi nombre es Nairam y mis hombres vienen a rescatarme.

El viejo reconoció el miedo en mi rostro. «Nairam», su nombre retumbaba en mi mente. Lo había escuchado cientos de veces: era una leyenda, un auténtico pirata.

Mediante propulsores individuales, cientos de hombres saltaron desde la nave guiados por los ganchos para tomar la prisión, otros accedieron a través del ariete.

Disparos, gritos, lo que ocurrió arriba fue una carnicería.

Uno minutos más tarde, el ruido cesó.

Nairam me hizo una señal con la cabeza y le seguí. Nos impulsábamos por los pasillos agarrados en los asideros. Mientras nos acercábamos a la sala de control, restablecieron la gravedad. Allí, los asaltantes vigilaban a unos pocos supervivientes.

El viejo caminó entre sus hombres y uno de ellos le entregó un par de espadas.

—Buenas, comandante —dijo tras lanzar una de las armas.

Lagard, el comandante de la prisión, recogió la espada, se levantó e intentó coger desprevenido a Nairam.

Solo hubo un par de intercambios de golpes y la cabeza de Lagard acabó junto a mis pies.

—El chico viene con nosotros.

—¿Señor?

—Observa su espalda.

Uno de los hombres me rompió la camisa y me miró.

—¿Qué es capitán?

—El mapa.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.