El sonido del reloj de pared se escucha en el salón. Mario espera sentado, con la mirada fija en la puerta de entrada. Daniel dormita en un lado del sofá, aovillado entre los cojines, hasta que su compañero se acerca con sigilo y apoya una de sus patas sobre su lomo gris.

—¡Qué pasa! ¡Qué pasa! —Sobresaltado, Daniel brinca desde el sofá y aterriza sobre la alfombra. Mira a su alrededor y se encuentra con la mirada lastimera de Mario—. ¡¿Por qué me despiertas?!

—Es tarde y aún no ha vuelto  —dice y suspira con pesar—. ¿Le habrá pasado algo?

—Los humanos salen y entran. No como nosotros, que nos pasamos el día entero encerrados y rodeados de estas tonterías que nos compran para que nos entretengamos.—Daniel se despereza sobre la alfombra, alarga sus patas y extiende su columna vertebral—. No te preocupes, que ya vendrá.

Sus palabras no consiguen convencer al pequeño de cabello negro y ojos tristes, que salta del sofá y se acerca a la puerta. Apoya las patas en la madera y rasca para intentar salir.

—¡Te quieres estar quieto! Como te pille yo no quiero saber nada… —dice y camina hacia él— No hay que ponerse así, hombre. Va a venir. —A pesar de sus intentos no consigue captar la atención de Mario—. Con lo bien que está uno solo. Todo el sofá libre, sin nadie que te acaricie cuando no te apetece… —Los maullidos son insoportables— ¡Ya vale! —Bufa— ¡¿Todo esto porque la humana no viene?! ¡Madura, hombre!

—No tenemos comida —responde.

Entonces, Daniel se une a su desesperación y maúllan los dos, hasta que escuchan el tintineo de unas llaves tras la puerta. Se separan, como si no pasara nada.

—Se os escucha desde la calle —dice y cierra la puerta tras ella— ¿Me echaban de menos mis chiquitines?

Daniel le dirige una mirada fría mientras Mario se acerca a saludarla con paso alegre. La joven deja las bolsas sobre la mesa de la cocina y se agacha para cogerlo en brazos. Le encanta que le abrace, y más con el abrigo morado puesto, tan suave y calentito que ojalá pudiera dormir sobre él. Daniel la mira desde abajo y reclama su momento de atención.

—Cascarrabias. —Deja a Mario en el suelo para acariciar la frente de Daniel, que cierra los ojos y ronronea—. Bueno, vamos a cenar.

Coge sus platos y abre dos latas de comida húmeda. Se relamen en cuanto perciben su aroma y se miran. «Esta es nueva», maúllan. Después, los deja en el suelo y se marcha al dormitorio. Mario se lanza sobre su plato y lo devora con ansia. Daniel sigue los pasos de su dueña y se detiene junto al marco de la puerta. Su instinto le dice que algo ha cambiado. Incluso, ha encontrado restos de cabello en el cubo de la basura. Pero sea lo que sea, está dispuesto a mantener a la familia unida.

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