Dos hermanos, un él y una ella, conversaban sentados en una plaza, con un mate de por medio. La noche de verano era calurosa.

—Cuando nos conocimos con mi ex novia, la Luna también estaba en Piscis, como hoy —dijo él y le dio el mate a su hermana.

—¿La extrañas aún? —le preguntó ella.

—Un poco, aunque ya me estoy acostumbrando —él le sostuvo la mirada sin pestañear.

—La Luna en Piscis, a nosotros, los piscianos, nos vuelve más sensibles —ella sintió que su hermano quería dejar caer una lágrima nostálgica.

—Los piscianos somos sensibles con o sin Luna —él trató de no hablar demasiado para no quebrarse.

Se quedaron un instante en silencio. Ella tomó el mate hasta terminarlo.

—Quizá tengas razón — le devolvió el mate mirándolo a los ojos, que aún esperaba que se humedecieran —. Al fin y al cabo, después de veinticinco años de matrimonio, yo hoy también tengo mi Luna sensible.

—Somos peces, tendremos entonces que nadar por otros mares —dijo él, dejando caer el agua sobre la yerba mojada.

—Sí, y de ser posible, cruzar el océano, bien lejos —dijo ella y los dos rieron.

Detrás de unos arbustos, no muy lejos del banco donde estaban sentados, se escuchó el maullido de dos gatos que peleaban. Los dos hermanos se dieron vuelta de golpe. Uno de los gatos salió corriendo y se trepó en un árbol cercano. El otro llegó hasta las raíces pero no subió; miró hacia el follaje un instante desde el suelo y se fue, andando despacio.

—Esos gatos deben ser piscianos —dijo ella y los dos volvieron a reír.

Se quedaron otra vez en silencio un instante antes de que él volviera a hablar.

—No es tu estilo usar vestidos de color morado como el que tenés ahora, siempre llevas puesta ropa de colores claros —él la había observado desde que se encontraron.

—No me siento cómoda con colores alegres —ella suspiró y miró hacia el árbol donde estaba el gato trepado—. Al menos no ésta noche. Hoy hace tres meses me divorcié.

—¿Te arrepentís de haber terminado tu matrimonio? —él intentaba que su hermana se deahogara, si fuera necesario, empujándola con palabras concretas. Sabía que ella no tenía facilidad para hablar de su corazón.

—No me hizo mal romper con él, porque ya no sentía nada, creo que me hizo peor romper la costumbre de la convivencia.

—Al menos tu corazón no sufre —él suspiró también, porque el suyo sí lo hacía.

—Esta maldita Luna… —ella sonrió mientras tomaba el mate que su hermano le convidó.

Se quedaron en silencio, escuchando el sonido de las ramas de los árboles, movidas por una suave brisa que no llegaba a refrescar. Ambos hermanos se abrazaron en un silencio comprensivo, bajo la luna de Piscis, reina de un cielo que albergaba, sin juicio, sus corazones escurridizos.

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