La princesa canturreaba mientras se peinaba ante la ventana de la torre más alta de un castillo situado al lado de un solitario bosque. Su cabello rubio caía en cascada sobre la espalda de su vestido morado. Un ruido muy fuerte, de madera contra piedra, hizo que girara bruscamente sobre sus pies cuando la puerta se abrió de golpe.

Un caballero entró en la habitación. No llevaba puesto el yelmo y su armadura era de un color gris oscuro muy característico. Su escudo de armas, azul y blanco, le identificaba como príncipe del reino de Niám.

—A sus pies, mi señora —saludó inclinándose en una estilizada reverencia—.

—¿Quién eres? —preguntó la princesa arrugando la nariz. Se volvió hacia la ventana, asomando medio cuerpo fuera—. ¿Cómo has entrado?

Las botas metálicas del príncipe resonaron contra el suelo de piedra cuando corrió para apartar a la princesa de la ventana. Prácticamente saltó sobre ella para apartarla de un peligro inexistente. La princesa soltó un grito y se defendió dando patadas que sorprendieron al príncipe.

—¿Cómo osas? —preguntó indignada cuando consiguió desenredarse de él. Se puso en pie con dignidad—. ¿Cómo te atreves a atacarme? ¿Y qué has hecho con Chispas?

—¿Chispas? —El príncipe estaba tan confuso que no sabía cómo colocarse. Intentó parecer más autoritario apoyando la mano sobre la espada en su cadera.

—¡Mi dragón! —exclamó dándose la vuelta hacia la ventana—. ¿Dónde está? Debería estar en el puente. —Se preocupó al no verle—. Le gusta tomar el sol.

—¿El dragón? Le he ahuyentado. —Desenvainó la espada y gesticuló moviéndola en el aire, representado su versión de la pelea—. Escapó antes de que pudiera acabar con él.

—¿Por qué? ¿Qué te ha hecho Chispas? —La princesa no se dejó impresionar por su actuación y se plantó frente a él con los brazos en jarras—. ¡Si es inofensivo!

—Esa cosa, ¿inofensiva? —Hizo una pausa negando con la cabeza—. ¿Qué os han hecho? —No esperó su respuesta y la cogió del brazo—. Vuestro padre se alegrará de veros. Me recompensará por vuestro rescate.

Forcejeó con él intentando soltarse.

—No voy a ningún sitio —protestó—. ¿Crees que necesito un rescate por ser una mujer?

El príncipe se rió sin tomarla en serio y tiró con fuerza de su brazo para sacarla de la torre. Sus pies tropezaron con el gato que había saltado por sorpresa al escenario, seguido por otro que llevaba puesto un gorro navideño con cuernos de reno. Los niños cayeron al suelo con estrépito.

—¡No! —exclamó el profesor que supervisaba el ensayo de la obra de fin de curso—. ¿Quién ha soltado a Chispas y Luna? –preguntó volviéndose hacia el alborotador de la clase.

—Se me han escapado —se disculpó otro niño, quién hacía el papel de paje del príncipe y cuidaba de su yegua Luna—. Lo siento.

—¡Cogedlos! —ordenó poniéndose a la cabeza de la persecución—. Luego repetiremos la escena desde el principio.

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