Muchas veces había fantaseado con estar en la corte, y sin embargo ahora notaba un hormigueo en las extremidades que nunca auguraba nada bueno. Lo había convocado el mismísimo rey, y eso nunca eran buenas noticias. Un maullido ansioso le sobresaltó al acercarse al contenedor que ocultaba la entrada a la corte, pero siguió adelante tratando de mostrar entereza.

La barbacana estaba poblada por varios de sus parientes, un grupo de fisgones que se había reunido para ver en qué consistía el juicio. Sus palabras de ánimo y sus zarpazos cariñosos en el lomo trataban de enmascarar la burla que sus ojos amarillos no podían ocultar.

—¡Zape! —El grito vino de su espalda, pero él lo ignoró, estoico. No caería en sus provocaciones.

No tuvo que andar mucho: tras un corto pasillo, manchado de humedad y verdín, llegó a un amplio salón adornado con latas y juguetes rotos donde le esperaban en silencio. No conocía el protocolo, así que esperó a que alguien le señalara cómo debía proseguir. Un anciano de pelo cano le acompañó a su rincón.

En el centro del salón, sobre una caja de madera tallada, el rey siguió sus pasos con una mirada desidiosa. Ataviado con una capa morada con ribetes dorados se tumbó y dejó escapar un resoplido. Era imposible saber si estaba enfadado o aburrido.

—Preséntate, por favor —ronroneó. Su voz era suave como una manta de pelos.

—Sí, señor. Zarpitas, señor. —No se esperaba que el propio rey se dirigiera a él, y su voz había sonado atropellada, lastimosa. Débil.

—¡No tu nombre de exiliado, gusano! —chilló alguien a su espalda con una voz aguda y desagradable—, tu nombre de nacidolibre.

—Perdón —se disculpó él, con el pelo del lomo erizado—. Me llamo Moagh.

—Excelente. —El rey empezó a lamerse las pezuñas y a atusarse el pelaje.

—Se le ha convocado a la corte de su Miauestad para que se defienda de los siguientes cargos —retomó el anciano que antes le había indicado dónde colocarse—: pertenencia a una familia humana y dejadez para con su raza.

Zarpitas miró a sus lados y solo recibió miradas de indiferencia y sonrisas veladas. Sabía que los nacidolibres puros no respetaban a los exiliados, pero eso no significaba que los cazaran; sencillamente hacían como si ya no existieran.

Así que debía haber algo más.

«¡Lo saben!», pensó con nerviosismo, mirando al rey en busca de señales que le dieran alguna pista de lo que pensaba. Este le miró con ojos soñolientos.

—Tenía hambre —dijo en su defensa—. No quería morir en la calle. Acepté su limosna.

El rey ronroneó suavemente, estirando la espalda.

—Muéstranos tus uñas. —Su voz sonó desganada, como si le costara hablar.

—Yo… —titubeó Zarpitas—, tenía entendido que eso no se podía hacer en la corte y no quisiera…

—Hazlo —gruñó cortante.

Zarpitas mostró sus patas y agachó la cabeza, abochornado. Sí, lo sabían. Un coro de aullidos y chillidos amortiguaron la última orden indiferente del monarca.

—Matadlo.

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