—Luego soy yo la loca. —Isabel chasqueó la lengua, vigilando por encima del libro que hojeaba. Cada vez que la enfermera pasaba junto a ella, observaba cautelosamente en silencio hasta que perdía el pijama morado de vista—. Porque claro, Isabel oye voces. Se inventa cosas y por eso necesita medicación… pero, al menos, Isabel no se pinta el maldito pelo de verde. ¡Eso sí que es estar loca! El único crimen que me mantiene aquí es distraerme con vosotros, Linda. ¿Te sirvo un poco más de té, querida?

Una mirada glauca pareció agradecerle el gesto desde el filo de unas pestañitas increíblemente negras. Linda tenía el pelito corto y muy blanco, naricilla inquieta (con un toque de sofisticación) y era esbelta. Un je ne sais quoi que no compartía “Paquito”, que era pelirrojo, regordete y algo patizambo.

—¿Tú también quieres, Paquito? —interpeló con una sonrisa, vertiendo el contenido humeante de la tetera en la tacita—. Cuidado con los bigotitos, tesoro, que quema.

Después de ejercer las labores de anfitriona en la salita del psiquiátrico, Isabel volvió a adentrarse de lleno en las aventuras y desventuras de una tal Alicia en un país maravilloso.

—¿Por qué dejas que te siga llamando Paquito? —Aprovechando que andaba distraída, Linda se giró hacia su compañero gatuno y le increpó bajito, no fuera a escucharla su demente benefactora.

—Porque le hace ilusión —masculló él, igual de precavido, relamiendo las migajas de la mesita—. Y las galletas están ricas.

—Pues a mi me gusta más Bigotitos…

Isabel creyó haber escuchado hablar a sus mascotas de nuevo y, desterrando la lectura a un rincón, les ofreció aún más pastas. Era como si pensara que atiborrándoles a azúcar se les soltaría en algún momento la lengua. Pero no funcionó: Linda y Bigotitos procuraron estarse bien quietos, en silencio, para no alentar más los desvaríos de la mujer que seguía convencida de que, qué cosas, sus gatos hablaban.

—Isabel, es hora de cenar. —Por una vez, y a saber cómo, la enfermera psicodélica había escapado a la vigilancia de Isabel para darle un susto casi de muerte.

—Y de empastillarme. Creo que os habéis confundido conmigo, no soy una vulgar drogadicta.

—¡Por supuesto que no! Eres una mujer excepcional, que no se mantiene del aire. Así que… ¡a cenar!

—¡Al fin! Ya se ha ido —dijo Bigotitos aliviado cuando la enfermera logró llevársela—, ¿podemos hablar ya?

Escucharon ruido de cristales justo a sus espaldas. Por lo visto la mujer del traje morado y el pelo estrafalario que tanto había horrorizado a su ama había olvidado algo y al escuchar a Bigotitos había dejado caer un vaso.

—Siempre tienes que liarla, bonito… —Linda emprendió camino a la calle.

—Oh, ¿crees que soy bonito? Eres muy amable. Tú tampoco estás mal, Linda. Un poco estirada, quizás…

Linda bufó al que hasta ahora había sido su compañero de sobremesa y salió escopetada al jardín trasero con la intención de no volver a verle jamás.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Raquel Valle @ValleS hace 1 año

    Me ha encantado! Los diálogos le aportan normalidad a la peculiar situación y la descripción de los gatos es genial. Este mes he podido disfrutar descubriendo el mundo desde la perspectiva gatuna en muchos relatos, y en el tuyo se consigue de maravilla :)

  • Ángela Giadelli @Angie hace 1 año

    Me alegro que te encantara @ValleS! La verdad es que tenía ganas ya de algo con un puntillo cómico. Un saludo!


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