Simon dejó que le afeitaran la cabeza. Sabía que le picaría durante días, pero no podía permitirse mantener el pelo largo. Después se afeitaría la barba. Mientras tanto, frotó su cuerpo con arena y limpió las callosidades con piedra pómez.

El resto de hombres se sentaba alrededor del fuego y reía, mientras hacían carantoñas a su hijo. Al principio no le había gustado la idea, pero su líder le había convencido. Aquel hombre tenía cierto magnetismo que era difícil de ignorar.

—Deja de mover la cabeza, tu hijo está bien cuidado —espetó el enorme hombre que se estaba encargando de su aseo—, no quisiera terminar cortándote una oreja. Mis hermanos cuidarán de él, y en dos minutos habremos acabado.

«Hermanos, otra vez esa palabra», pensó Simon . Eran un grupo tan variopinto que resultaba obvio que no podían ser hermanos. Cada uno de una edad y un lugar de procedencia distinto, era imposible que lo fueran. La mayoría parecían Eurafricanos, pero había al menos dos Panasiáticos y un Rusamericano. Sin embargo, ahí estaban, en mitad de los campos baldíos, compartiendo su comida y riendo como si de verdad se tratara de una familia.

Bart, el hombretón que estaba con él, le frotó un ungüento aromático por la cabeza y le dio una fuerte palmada en la espalda.

—¡Limpio y perfumado! —dijo, satisfecho.

Ambos se levantaron y se unieron a los otros diez junto al fuego. Los hombres alzaron la cabeza y asintieron, casi al unísono, al verlos volver.

—Ahora sí estás en condiciones de compartir el pan con nosotros —dijo uno de ellos, cuyo nombre no recordaba, con voz grave.

Simon recogió a su bebé y se sentó entre ellos, al calor de la hoguera. El más joven, John, le tendió el biberón de lactato y le sonrió, sin mediar palabra.

—Muchas gracias, chicos —empezó Simon —, de verdad. Hacía meses que no podía bañarme.

—No hay de qué, amigo —respondió amablemente Lip, un hombre viejo y canoso de rostro risueño.

—Toma, debes estar sediento. —Otro le ofreció una copa y empezó a verter un líquido transparente en ella.

Simon la tomó y olfateó su contenido. Eran un grupo amable, pero era difícil perder las viejas costumbres del camino. Nunca había visto aquella bebida, así que observó cómo el resto la tomaba antes de atreverse a probarla. Se trataba de un líquido inodoro e insípido; le refrescó al instante.

—Apuesto a que nunca antes habías bebido agua, ¿eh, colega? —preguntó Mathew, un pequeño hombrecillo de nariz aguileña y brazos tatuados

Simon , sobresaltado, dejó caer su copa y después miró asustado al charco que la tierra ya estaba absorbiendo. «¿Agua pura? Solo esa copa debe haberles costado millones de méritos», pensó. Notó su rostro ruborizarse por la vergüenza.

El resto de hombres observaron su reacción y soltaron una sonora carcajada.

—No te preocupes, colega. —Mathew se apresuró a recoger su copa del suelo y servirle de nuevo—. Esto antes caía del cielo, ¿sabes?

—Pero… —empezó Simon dubitativo—. Apenas soy quinto shin. ¡Esto es blasfemia!

Los 11 hombres intercambiaron miradas y alguna sonrisa. John se sentó junto a él y posó una mano sobre su hombro.

—No tienes de qué preocuparte. Mezclamos la lactina con agua pura también. Bebe, te sentará bien.

A regañadientes, dio un trago largo que apaciguó su sed. En una ocasión, en mitad del camino, había bebido agua de lluvia porque temía morir deshidratado. Los dolores de la intoxicación casi lo habían matado de todos modos.

Volvió a sobresaltarse y se llevó la mano a la frente, al bulto que albergaba su chip. Había hecho algo blasfemo y su bautismo se lo había permitido. Miró al resto de hombres y todos le devolvieron una mirada cómplice.

La tienda de campaña más pequeña se abrió y de ella salió su líder, Joshua. Se había cambiado de ropa y ahora vestía una limpia túnica blanca. También había atado su larga cabellera en una trenza a su espalda con un lazo azul, a juego con dos mechones que adornaban su poblada barba.

Todos agacharon la cabeza en signo de respeto y Simon , con su hijo en brazos, imitó el gesto. Joshua se sentó junto a él y acarició cariñosamente la cabeza de su bebé.

—Mis hermanos me han informado de que vas a bautizar a tu hijo —empezó con voz suave y amable—, es un largo camino para hacer con un bebé.

—Sí, señor —respondió con torpeza—, lo sé. Pero es la ley de la Mente. Debemos seguir el camino de Dios.

—Es un adorador de la Red, Josh —dijo con sorna Bart—. Un auténtico creyente.

—No me gusta que te burles de las creencias de la gente, Bartholomew, ya lo sabes. —Joshua no se giró, pero Bart agachó la cabeza.

Simon levantó la vista y vio sus ojos azules escrutando su rostro.

—Has sido bautizado —dijo al cabo, mirando significativamente hacia el lugar donde el chip se albergaba—, estás conectado a la Red.

—Sí, claro —respondió, como si estuvieran diciendo algo obvio—, son los designios de la Mente. Todo el mundo ha de bautizarse.

Los hombres volvieron a mirarse con complicidad, y de pronto se dio cuenta. Todos tenían aquella pequeña cicatriz en la frente, donde el chip debía haber estado. Todos menos Joshua, cuyo rostro estaba inmaculado, y tampoco tenía la protuberancia que delataba haber recibido el bautismo.

—¿Sois una secta? —preguntó con un hilo de voz, abrazando con fuerza a su pequeño.

—Ya estamos… —dijo uno de ellos con fingido hastío en la voz.

—No, Simon —empezó Joshua, su voz suave como el terciopelo—, sencillamente somos ateos . No creemos en la Mente.

—¡Pero si la Mente es un hecho! —exclamó Simon sorprendido—. Está en todos nosotros, es palpable.

—Lo sé —respondió Josh, tranquilo, mostrando una sonrisa conciliadora—, pero aun así no creemos en ella.

Simon se miró la punta de los pies, dubitativo. Aquello no tenía ningún sentido.

—No podemos venerar a un Dios-máquina que esclaviza la humanidad —prosiguió, con la mirada perdida—, no podemos permitir este futuro en que nos gobierna una mente inhumana, capaz de envenenar los mares y diezmar la población. Algo ha de hacerse.

Simon volvió a llevarse la mano a la frente, esperando alguna respuesta de la Red a lo que estaba escuchando, pero el chip volvió a mantenerse apagado.

—No debes preocuparte por eso —le tranquilizó Joshua—, no conmigo a tu lado.

—Pero los pecados… —empezó el padre, sujetando aun al bebé entre sus brazos—. Cuando muera…

—Lo sé, lo sé —respondió el líder con cansancio—. La Mente medirá los pecados almacenados en tu chip y decidirá si tu conciencia merece ir a la Simulación o a la Infrarred. Conozco los preceptos.

—No me puedo creer que la gente se trague esa chorrada —dijo Bart.

—Ten, quiero que compartas el pan con nosotros. —Joshua sacó un pedazo de pan y se lo tendió a Simon , que lo cogió ansioso. Hacía semanas que no comía algo que no fueran restos procesados. También tomó la jarra de agua, le rellenó la copa y se la ofreció.

Simon la miró, reacio. Ahora que sabía lo que era, temía beberla. Se trataba del mayor tesoro de la humanidad, y aquellos hombres lo bebían como si fuera un recurso inagotable.

—No temas —dijo Joshua en un susurro—, es vino.

El hombre acercó la copa a su nariz. Había visto que tomaba la misma jarra que Mathew había utilizado. Sin embargo, el contenido era un líquido rojizo con un fuerte olor a vino aromatizado. Miró al líder, perplejo.

—Me encanta cuando hace eso —se rio otro de los hombres.

Durante un rato comieron y bebieron en silencio. Cuando alguno tenía más hambre, tendían una mano a su cabecilla y este sacaba más pan del zurrón, como si no tuviera fondo. Los recursos ilimitados, el cabello largo y cuidado, el agua… Aquellos hombres debían ser inmensamente ricos.

—Simon —dijo Joshua de pronto, rompiendo el silencio—, he de pedirte algo. Me gustaría que te unieras a nosotros.

No pudo ocultar su asombro, pero no era el único. El resto de hombres intercambiaron miradas de incredulidad y algunos suspiros de sorpresa.

—Creo que no es el azar lo que te ha traído aquí hoy, y creo que deberías ser uno de nosotros.

—Señor, yo… —Notó que le temblaban la voz—. No sé qué decir. Llevo mucho tiempo viajando solo. Mi hijo tiene apenas dos semanas.

Sopesó las palabras y miró a los hombres que le rodeaban.

—Sí. Iré con vosotros.

Uno por uno, se fueron acercando a él y lo abrazaron.

—Bueno, pues ya somos doce —dijo John con una risita. Joshua asintió, visiblemente satisfecho.

—Ahora solo debemos bautizarte, Simon . A ti y a tu pequeño. —Una sonrisa se dibujó en su rostro cuando este se llevó una mano a la frente—. Así no. Lo haré a la vieja usanza, como Juan el Bautista me enseñó.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Raquel Valle @ValleS hace 9 meses

    Muy buen relato. Me ha gustado mucho al transformación de la religión cristiana al mundo digital. Muy original y con un resultado genial. Enhorabuena!


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