Los pies de Nara se hundían a cada paso que daba en la arena. Rezaba para no sentir los piececitos de David agitándose dentro de la tela que lo aferraba contra su espalda. «Aguanta un poco más, mi niño», suplicaba, pero sus ruegos no fueron escuchados. El sonido de los pucheros previos al llanto consiguió llegar más allá del viento desértico.

La mujer descendió hasta el hueco entre dos dunas, donde el viento no llegaba tan fuerte. Soltó una de las cintas de la improvisada bolsa y atrajo al bebé contra su pecho para resguardarle de los granos de arena. De su cintura desató otra tela más grande y cubrió a los dos con ella. Se sentó en el suelo, cobijada bajo la tela y con la espalda contra la ladera de la duna. Balanceó a David para que se calmara, pero sus susurros no evitaban que el niño intentara girarse hacia su pecho en busca de comida.

—No tengo nada, mi niño… Por favor, no llores más —le pidió, aunque ni siquiera ella misma podía cumplirlo. «Guarda esas lágrimas dentro de tu cuerpo para que no tengas sed», quería decirle.

Abrió los pliegues de sus ropas y permitió que su hijo se acercara a su pecho, aun sabiendo que le dolería la succión en su agrietada piel y aún más el saber que no conseguiría calmar su hambre. Cuando no pudo soportar más el dolor, separó al niño de su cuerpo y lo recostó sobre sus piernas. Sacó los polvos de patata que le quedaban y el estómago de animal con agua. Agitó la tripa y suspiró al escuchar el sonido del agua a punto de acabarse. «¿Cómo sobreviviremos si no encontramos agua pronto, mi rey?», musitó, mirando a los ojos a David. El niño los clavó en su madre. Había empezado a seguir con la mirada hacía apenas tres días.

Nara dio un pequeño trago del preciado líquido y, mordiéndose el labio, echó un poco de los polvos en lo que quedaba. Agitó el contenido y lo removió con el dedo hasta formar una pasta que se untó en la punta del índice. Lo probó y no pudo reprimir una mueca de desagrado. Se pasó la lengua por los dientes secos y rasposos.

—Lo siento muchísimo, pero tienes que comer.

Repitió sus movimientos, solo que esta vez acercó el dedo a la boca diminuta de su hijo. El niño la abrió con avidez, pero lo expulsó casi al instante, haciendo pucheros y apartando la cara en el siguiente intento de Nara para que comiera.

—Venga, por favor, tienes que sobrevivir, mi pequeño.

Tuvo una idea y se untó el pezón dolorido con aquella pasta. Acercó de nuevo a David y esta vez consiguió engañarle. Fue una tarea ardua y repetitiva, pero cuando el niño por fin pareció satisfecho, Nara suspiró aliviada. «Un día más», pensó.

Solucionado el problema del hambre, llegaron el calor y el sueño. El pequeño se revolvía impaciente entre sus brazos, se negaba a cerrar los ojos y se aferraba a su ropita con manos desesperadas para librarse de ella.

—No, no… David —el niño pareció calmarse unos segundos con la voz de su madre, aunque esta sonaba ronca—, si te duermes no notarás el calor.

Lo acunó en silencio y de nuevo el pequeño se inquietó.

—¿Quieres que te hable? —David se calmó al instante—. Eres un pillín… De acuerdo, te contaré una historia que me contaba la abuela. Pero me tienes que prometer que te dormirás. —Le rozó la punta de la nariz con la suya y él sonrió—. Habla de por qué el mundo que nos rodea es así, tal y como lo conoces. Hace unos quinientos años, Agosto descendió para reunirse con Tierra. Eran dos de nuestros dioses, pero ya no existen. La abuela me contaba cómo los dioses solo tenían una oportunidad para convertirse en humanos. Cuando lo hacían, se debilitaban hasta extinguirse. A veces surgía un nuevo dios, con otro poder y otras ambiciones diferentes, para ocupar el vacío que había dejado el anterior.

Los párpados de David empezaron a caer con lentitud, pero él seguía haciendo esfuerzos por mantenerlos abiertos, atentos a la voz de Nara. Ella sonrió y le acarició la mejilla mientras continuaba.

—Los dioses sabían que cuando tomaran la decisión de hacerse uno de nosotros tendría unas consecuencias, por eso solo podían hacerlo una vez durante su existencia. La llegada de Agosto hizo que las temperaturas ascendieran y el agua de la superficie se evaporara hasta los cielos, pero no caía de vuelta porque el calor no se iba. Agosto estuvo junto a Tierra, la diosa que estaba aquí, hasta que se apagó como cualquier otro humano después de un par de siglos de vida mortal. Entonces Tierra enfureció.

Nara se detuvo y tragó saliva. Observó la luz del atardecer que pasaba a través de la tela, que daba a su niño unas mejillas sonrosadas y teñía su pelo rubio de rojo, como el de su padre. El niño se revolvió en sueños, pero no se despertó, acurrucado contra el pecho de la mujer.

—Tierra sacudió sus cimientos con ira, causó terremotos y rasgó los suelos sin pararse a mirarnos a los humanos, que habíamos sido sus compañeros durante siglos. Y en uno de esos terremotos nos separamos de nuestra familia, David. No la culpes, es comprensible que se enfadara. Ahora nuestra única esperanza es que Mar, la diosa que controla todas las aguas que Agosto evaporó, decida bajar y descargar con ella toda esa lluvia. Llevamos llamándola mucho tiempo, pero se dice que solo renunciará a su inmortalidad ante un acto de generosidad tal que la haga querer imitarlo.

Nara no sabía cuánto tiempo llevaba hablando y ya empezaba a refrescar. La noche del desierto no mostraba piedad con nadie. Apretó el cuerpecito de su hijo contra el suyo y trató de dormir a pesar de su boca pastosa. «Tal vez mañana consigamos encontrar a alguien que nos ayude…», fue su último pensamiento antes de quedarse dormida.

La despertó David cuando todavía era noche cerrada. Volvía a tener hambre y se revolvía en sueños. Nara levantó la mirada hacia el cielo y casi creyó ver los puntos luminosos de las estrellas a través de la tela. Echó mano de la bolsa de agua… pero ya no había más que una masa solidificada. Nara la apretó con horror. No le quedaba agua para disolverla de nuevo.

Se echó a llorar, pero solo le salieron sollozos porque no le quedaba agua para las lágrimas. El bebé se despertó y, antes de que se espabilara del todo, Nara se lo cargó a la espalda y emprendió la marcha de nuevo en busca de ayuda. Sin parar de tropezarse porque los gritos de auxilio le quitaban las fuerzas que le quedaban, remontó las dunas hasta que no pudo más y se dejó caer sobre la arena, con David pataleando a su espalda.

—¡Ayúdame, por favor! —gritó con todos sus pulmones, aunque no sabía a quién.

Levantó la mirada de la arena y distinguió una silueta que se abría paso entre las dunas como ella. Hizo un último esfuerzo por ponerse en pie y gritar en dirección a la otra persona. Cerró los ojos.

Un rato después los volvió a abrir y la aterrorizó descubrir que no tenía a su bebé a la espalda. Por suerte, el pánico solo duró un instante. Su hijo estaba a salvo en brazos de otra mujer, sentada a un par de metros. La examinó con la mirada, su pelo cano en contraste con su piel lisa y sus manos fuertes meciendo a su hijo.

—Le he dado de comer.

Nara abrió la boca para decir «gracias», pero solo le salió un gemido.

—¿Quieres agua? —En otro momento, le habría parecido una pregunta cruel. Se limitó a asentir con la cabeza.

La otra mujer le sonrió y bajo la mirada al bebé.

—Es un niño precioso. ¿Qué darías por que estuviera a salvo? ¿O por volver con tu familia? —Clavó sus ojos en ella.

—Cualquier cosa —admitió al momento Nara, con la voz arañando su garganta para salir—. Mi vida, mis manos, mi vista. Cualquier cosa.

La mujer sonrió. Nara sintió la saliva en su boca y la leche llenando de nuevo sus pechos. Se arrastró hasta su hijo y lo cogió en brazos. El niño no se negó a comer un poco más.

—¿Decías en serio lo de antes?

—Sí. —Nara despegó la vista de David—. Cualquier cosa.

—Sea.

Algunos días más tarde, Lázaro encontró a su mujer dormida sobre la arena. Pero nada más verla supo que no despertaría. Una mujer que no conocía puso en sus brazos a su hijo y, mientras la veía desaparecer caminando entre las dunas del desierto, las primeras gotas de lluvia cayeron sobre las mejillas del pequeño.

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