Tras revisar al recién nacido con delicada eficiencia, como hacía la Arcana Mater de su clan después de cada parto, Liset corta el palpitante cordón que aún les une. Todo ha salido bien, puede dejar de preocuparse y hacer lo que lleva deseando nueve meses: conocer a su hijo. Mirarle a los ojos para descubrir quién está al otro lado. Suspira aliviada al comprobar que tras ellos no hay rastro de su esposo, el Rey de Hierro. Su semilla jamás arraigará dentro de ella.

Del otro lado de la puerta le llega el eco de pasos inquietos y conversaciones envueltas en susurros:

—He oído un bebé llorando. ¡Lo juro!

—¡Estúpida! ¿De dónde crees que lo ha sacado?

—Los Primeros Hijos son un clan de salvajes. Hacen sacrificios, quizás ha...

—¡Callaos! Con o sin bebé ahí dentro pasa algo. La muy zorra se ha encerrado.

Las criadas siguen discutiendo, cada vez más nerviosas, intentado abrir la puerta sin éxito . Sus voces se convierten en lejanos zumbidos cuando Liset encuentra brillando en los ojos del pequeño la sombra de Navid, el reservado peregrino que había desaparecido poco después de que ella descubriera su estado, el hombre al que sabía que debía renunciar. Había estado tentada de sucumbir a la debilidad y rogarle que huyeran juntos, aunque supiera que los ojos del Rey de Hierro y sus Prelados les acecharían hasta en la noche más oscura. Pero los Dioses Creadores le habían enviado una visión, clara y dolorosa, de la muerte que les esperaba si elegía ese camino. Así que le había dejado ir, sin despedidas ni promesas.

Ocultar su embarazo había sido fácil, después de tomarla como Segunda Esposa el rey la mantenía tan aislada como le era posible. Qué iluso había sido su padre al pensar que aquel matrimonio uniría las dos creencias. A cambio de poder y victorias, el Rey de Hierro se había entregado a los Dioses Olvidados y exterminaría a quienes se mantuvieran fieles a los Dioses Creadores, sin que Liset, prisionera de la nueva fe, pudiera hacer nada para impedirlo.

—Avisemos a alguien —anuncia una criada.

Liset empieza a quedarse sin tiempo para llevarse de allí al bebé que, como una diminuta fuerza de confusión e instinto, se revuelve sobre su pecho succionando con determinación.

— Tenemos que irnos, bram-mae —le dice mientras guía su boca hasta el pezón—, pero antes cumpliremos la tradición. —La que establecía que lo primero que debían contarles a sus hijos era historia de sus dioses, para que iluminara su camino recién iniciado. Incluso su madre lo había hecho, antes de dejarla para volver a lugar al que pertenecía—. Cinco dioses habitaban el mundo cuando éste era solo la promesa de lo que podría ser: Geab, madre de la tierra; Bai, señor del agua; Bramma, fuerza de vida; Iomi, aliento de fuego y Tamit, muerte y oscuridad.

»Su existencia transcurría siguiendo un círculo eterno en el que los tres primeros moldeaban sus sueños, que después eran arrasados por Iomi y Tamit para poder volver a ser creados. Pero los tres Dioses Creadores empezaron a amar aquellas obras, en las que depositaban una parte de sí mismos, y a desear que perduraran. Iomi y Tamit, que solo conocían la destrucción, no comprendían ese deseo. Desesperados por proteger aquello que amaban, los Dioses Creadores les engañaron para confinarles en el Páramo de Helreg, donde, poco a poco, Iomi y Tamit fueron olvidados.

»Los Dioses Creadores pudieron entonces construir el mundo tal y como lo imaginaban y crearon al hombre para completarlo. Nuestro clan, tu clan, fueron sus Primeros Hijos. Los más parecidos a ellos, los primogénitos cuyos primeros pasos contemplaron orgullosos, los que cumplirían y protegerían su palabra. Somos, pues, reflejo y legado de dioses. Y nos ofrecieron libertad para compartir su paraíso si cumplíamos unas simples normas: nadie es dueño de los regalos de los dioses, de los que tan sólo debe tomarse lo que es necesario, y ninguna vida debe considerarse inferior a otra, pues todas son eslabones de la cadena infinita de Bramma.

»Los dioses siguieron a nuestro lado después de eso. De hecho, suelen mezclarse con mortales —aunque eso ocurría cada vez con menos frecuencia. Que Liset supiera, la última vez había sido cuando Geab y su padre la habían concebido— y de esas uniones nacen portadores de su sangre y sus poderes. También permanecen cerca de nosotros a través de los Arcanos, hombres y mujeres que nos guían durante los rituales y ceremonias que celebramos en templos que los dioses ocultaron en la naturaleza.

Siente nostalgia al recordar el tributo a Geab que celebraban cada año en la cueva-ojo del Monte Uptala, en el que le mostraban a la diosa las semillas que guardarían para el año siguiente y la parte de la cosecha que repartirían entre quienes no tenían recursos. Su gente nunca había sufrido escasez mientra las tradiciones habían sido respetadas. La tierra era fértil y los ríos generosos. Pero los hombres habían empezado a olvidarse de sus dioses, que poco a poco se alejaban de ellos.

—Los Dioses Creadores nos protegen también de Iomi y Tamit —continúa—, los Dioses Olvidados, que consumen el Páramo de Helreg creando su ejército de Baales, portadores de fuego y destrucción, a la espera de una brecha para penetrar en nuestro mundo.

Con la boca seca Liset da un breve sorbo a su pequeño odre, que le deja un regusto a barro y ranciedad. El tiempo de las tormentas y la abundancia de agua ha terminado. Bai se ha ido. Ahora el pueblo suplica una ración de agua que nunca llega, los animales mueren deshidratados y las plantas sucumben a la sequía. Es el primer gran cambio que ha cruzado la puerta que la ambición del Rey de Hierro ha abierto, la que los Dioses Olvidados y sus Baales estaban esperando. Los Prelados de los Dioses Olvidados siguen prometiendo al soberano artilugios capaces de extraer agua destruyendo roca. Idiotas, ninguna máquina les proporcionará agua. Por mucho que se nieguen a aceptarlo, solo Bai puede bendecirles con el beso de la lluvia.

—Avisemos al Prelado Mayor.

—No, el rey debe ser informado primero.

Las criadas se enzarzan de nuevo. Cada una sirve a un amo distinto y sus lealtades las enfrentan, pero acabarán por ponerse de acuerdo, así que debe actuar.

Con los ojos cerrados despierta el poder de la omnipresente Geab, haciendo que la entrada al Reino de las Sendas se abra ante ella. Un laberinto de caminos que unen todos los momentos y lugares, donde acechan los Baales, preparados para matar a cualquier portador que se adentre en él. Hace mucho que Liset no lo visita pero debe impedir descubran la existencia de aquel bebé, al que prieta fuerte contra el pecho antes de adentrarse en la oscuridad.

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Al borde de un enorme cráter que ha olvidado que un día fue un lago lleno de vida, Navid se acaricia la barba exasperado, harto de discutir con el lagarto que insiste en que allí tampoco queda agua. Pero él siente que deben seguir buscando.

Cuando la mujer surge de la nada, la reconoce al instante. Es Liset, la reina sobre cuya muerte circulan tantos rumores, la mujer cuyo calor aún no ha olvidado. Está igual que la última vez que la vio, hace casi diez años. Corre hacia ella para darle un abrazo que muere vacío cuando lee la expresión aterrada de su rostro. Navid se fija entonces en el bulto entre sus brazos y la sangre que empaña su camisón.

—Liset, ¿qué está pasando?

—Me siguen. Debo seguir moviéndome para alejarlos de aquí. —Le entrega el fardo—. Cuídale. Es nuestra esperanza, lo he visto. —Liset desaparece, dejándole con un bebé entre las manos y cientos de preguntas sin respuesta.

Navid mira al niño y siente el mismo vínculo que sintió su padre al mirarle a él por primera vez. El residuo de la sangre de Bramma en sus venas le permite comunicarse con los animales, así que está acostumbrado a cargar con el peso de mantener con vida a cachorros desvalidos. Pero esta vez es su cachorro.

—Dedicaré mi cuerpo y mi alma a mantenerte con vida —la promesa que hace a cada animal herido que llega a él— y renunciaré a ambos si es necesario —añade.

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El aliento de los Baales la alcanza cada vez con más facilidad y su espalda empieza a quemarse. Liset sigue saltando de una senda a otra hasta que un golpe abrasador la derriba. Una garra de fuego la atraviesa, liberando ríos de sangre divina que se pierden en la eternidad que envuelve la oscuridad de las sendas.

Los guardias consiguen por fin derribar la puerta e irrumpir en los aposentos de la Segunda Reina. Petrificados, ven como el cuerpo mutilado de la reina permanece suspendido en el aire durante unos segundos interminables antes de estamparse contra el suelo. La caída hace que el cráneo estalle, pero ni siquiera eso consigue arrancarle del rostro aquella macabra sonrisa triunfal.

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