—Que los dioses me perdonen.

Siglo XXIX. El avance de la inteligencia artificial es imparable. Híbridos y humanoides han tomado el control de las ciudades y la especie humana ha quedado relegada. Han abandonado los núcleos urbanos y se han establecido en nuevas poblaciones, alejadas de cualquier referente tecnológico. El mundo ya no es el mismo que un día conocieron y deciden regresar a los orígenes, incluso, anteriores a las primeras Revoluciones Tecnológicas.

Las nuevas ciudades sostenibles se establecen en en parajes naturales que no han sido alcanzados por las generaciones de antiguos hombres, y son explotados como fuente de sustento, al tiempo que los protegen como modo de vida. Sus habitantes se organizan en grupos sociales que conviven y cooperan para alcanzar el estado del bienestar. A diferencia de sus antepasados, sus creencias evolucionaron y dejaron atrás a ese dios impuesto a intangible. Buscaron una figura tangible y creadora de vida, un dios que pudiera verse y tocarse. Retomaron el politeísmo y centraron su fe en los elementos de la naturaleza —la tierra, el viento, el fuego y el agua—, impulsores de toda especie viva desde los orígenes del mundo. Su representante en la Tierra es el Elementor, intermediario entre dioses y mortales, proveedor de recursos y benefactor de la sociedad. Escucha sus inquietudes, aconseja y apacigua sus almas. A su vez, transmite el mensaje divino: si se ora a los dioses con amor, mostrarán su agradecimiento y los humanos disfrutarán de su buena voluntad.

Mart contempla el altar desde la distancia, mientras un eco sordo camina entre las bóvedas del templo como un fantasma delator.

Hace tiempo que Agua no es dichoso. No se siente amado como su compañera Tierra, a quien envidia. Por ello, impide su prosperidad con una sequía prolongada en los últimos meses. Las poblaciones sufren sus efectos y los Elementores racionan tan preciado recurso entre las familias mientras les ruegan que no pierdan la fe y mejoren sus ofrendas.

Observa su reflejo en el agua de la pila bautismal y se limpia la frente sudorosa con la palma de la mano. Piensa en el pequeño Itec, de mes y medio de vida, y en su constante llanto desgarrador al no tener qué llevarse a la boca o ahogado en su propia pestilencia.

—Elementor, por piedad. —Suplica, postrado ante él—. Mi hijo tiene hambre y mi mujer no puede alimentarle. La sequía ha consumido su cuerpo y no tiene leche que darle. Necesitamos agua.

—Hijo mío. No muevas tu espíritu en lamento de tu desgracia y piensa en el resto de familias que están en tu misma situación —responde—. Dime, ¿sería justo negarles a ellos y dártelo a ti? —Mart, avergonzado e indigno ante tales palabras, es incapaz de levantar la mirada de la huesuda mano del Elementor—. Ora con brío, hijo mío. Los dioses te escucharán y traerán la paz a tu hogar.

Tira de sus cabellos y se maldice, arrodillado sobre el mármol frente al altar y, derrotado, pide perdón. Contempla el relieve tallado en las paredes del templo. Las cuatro deidades le juzgarán desde las alturas por el sacrilegio que está a punto de cometer, pero no es capaz de ver más allá de la supervivencia de su familia. Del saco que carga sobre su espalda, descubre una vasija de barro que introduce en la pila y llena hasta que el agua rebosa. Después, abandona el lugar como un vulgar ladrón y callejea hasta su casa. Su mujer le repudia ante tal afrenta.

Días más tarde, la furia de los dioses descarga en forma de gran tormenta, que termina con la sequí y lo anega todo. La crecida de un río se lleva la vida de Mart mientras intenta cruzar un paso entre montañas. Su mujer y su hijo tampoco pasarán más hambre, pues mueren atrapados entre las maderas putrefactas de aquel hogar marcado por la vergüenza.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.