—Tenemos que apresurarnos y dar con algo pronto.

Raúl Jordá miraba a través de la cristalera cómo caía la tarde, apoyado en el respaldo de su silla. Le encantaban las vistas de Barcelona que le proporcionaba la sala de reuniones de su empresa.

—¿Qué os parecen los plátanos? —Alberto Rius se repantingó en su asiento contento con su ocurrencia.

—Podría valer. —Francis Attwater dio unas palmadas sobre la mesa de la sala—. No es que queden muchos, al fin y al cabo. Visualizo sin problemas las esculturas de los ídolos. Serían de oro macizo. Creo que estamos ante un buen culto.

—Si tú lo dices… —Raúl negó con la cabeza—. El problema que le veo es el nombre. ¿Platanoismo?

—¿Culto al plátano? —propuso Alberto.

—Suena horrible. —el dueño de Jordá Ideas se levantó de su butaca, se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de la silla—. No sé si suena a comedia o a película pornográfica.

—Tiene razón. Es un espanto. —Francis era lo bastante mayor para saber cuándo dar la razón a aquel empresario.

—Tantas horas aquí encerrados pasan factura —se excusó el joven creativo arrepentido de su idea.

—¿Disculpen?

—¿Sí? —La cara de Alberto se iluminó.

Una mujer rubia abrió la puerta de la sala hacia dentro, la fijó en un tope y empujó un carrito en el que se transportaba comida y bebida

—Supuse que querrían algo de comer. Llevan aquí desde primera hora y no han parado ni un momento. —Sirvió, en unas bandejitas, unos sándwiches y unas botellas de medio litro.

—Gracias, Silvia. Puede retirarse. —Jordá agradeció con una sonrisa la iniciativa de su empleada.

La secretaria dio media vuelta y, contoneando las caderas de manera consciente y exagerada, se encaminó a la salida. Antes de abandonar la habitación paró en se seco y se giró.

—Una cosa más. Han llamado desde presidencia. Quieren saber cómo va la creación de la nueva religión.

—¡Pero no lo diga en voz alta, mujer! —Attwater estaba escandalizado— ¡Que las paredes tienen oídos! Raúl, ¿es que esta no ha firmado un acuerdo de confidencialidad?

—Como toda la empresa, señor —respondió ofendida—. No se preocupen, caray, que a estas horas solo quedamos en la planta ustedes y yo. ¿Qué les estaba diciendo?

—Lo de presidencia, Silvita. Que quieren saber cómo llevamos… “esto”.

—Eso. Ya es la séptima vez que llaman hoy. ¿Qué les digo?

—Que casi está. Hoy no salimos de aquí sin tenerlo. —Jordá dirigió a Alberto una mirada que intimidaría a cualquiera.

—De acuerdo, señores. Así lo haré.

—No les llames tú. Espera a que te llamen ellos —advirtió su jefe.

—Por supuesto. —Reanudo su pavoneo y cerró tras de sí. Los tres hombres se quedaron mirando la puerta hasta que dejó de oírse el ruido de tacones.

—Es fantástica. —Dijo el más joven señalando con la cabeza hacia la puerta.

—Coincido. ¿Dónde la tenías metida?

—Acaba de incorporarse. —soltó distraído Jordá. Ha estado de baja por el nacimiento de su hijo. No os emocionéis. Y tú, Alberto, disimula un poco. Que eres mi cuñado. En fin, ¿qué os parece si nos centramos en la tarea que tenemos delante?

—No sé por qué esta vez está constándonos tanto. —El acento británico de Attwater resultaba de lo más gracioso—. Antes ideábamos religiones con mucha más facilidad. ¿Os acordáis de cuando creamos el culto al Color?

—Cómo olvidarlo. Aquello fue un pelotazo. Nos forramos vendiendo ropa y tintes. —Alberto señaló con su bolígrafo al inglés—. La gente pasó por el aro desde el principio.

—Lo vendimos muy bien —reconoció—. Aunque ganamos más money con el Diamante del Big Bang.

—Ahí la clave estuvo en que la ropa podía comprarla cualquiera pero, ¿una gema que llevaba en el planeta desde el origen de los tiempo? —El joven sonaba emocionado.

—Fue extraordinario. —Raúl cerró los ojos. Le ayudaba a recordar—. La historia que creamos alrededor del pedrusco fue épica. “Encontrado en una región perdida del Amazonas, con poderes mágicos y curativos”.

—La gente iba desde cualquier parte del mundo para verlo y adorarlo. Daba igual lo que costase el viaje o el alojamiento. El tinglado que montamos alrededor de aquello glorioso. —Rius tomó un bocadillo y lo enseñó a sus interlocutores antes de morderlo.

—¿Y cuando se desprendieron algunas esquirlas? —Jordá, sonriente, se apoyó sobre la cristalera con los brazos cruzados.

—El noventa y nueve por ciento del planeta entró en pánico. ¡Era el fin del mundo! ¡Jajaja! —Las palmadas del británico resonaron en aquella sala.

—Pero para el uno por ciento restante fue una oportunidad sin igual. —Jordá recuperó su seriedad habitual—. Se pegaban por darnos todo su dinero.

—No todos pueden tener un trocito ridículo de un pedrusco sin valor. —farfulló Alberto con la boca llena.

—Lo importante es que les hicimos creer a todos que era tan viejo como el planeta. —Su cuñado se encogió de hombros—. Supersticiones.

—¿Qué vamos a sacarnos de la manga esta vez? —Rius vertió el contenido de su botellita en un vaso.

—Eso es. —Jordá fijó la mirada en el líquido que caía—. Eso es.

—¿El qué? ¿Qué te pasa?

—El agua. —Seguía sin apartar la mirada de ella.

—¡El agua! ¡Pues claro! —gritó Attwater como si hubiera descubierto un nuevo continente.

—Es perfecta. ¿No lo veis? Lo tiene todo. —Alberto seguía a duras penas el hilo a aquellos dos.

—¿Cómo no nos dimos cuenta antes? —se preguntó el inglés—. Es un bien escaso desde hace quince años. Desde la Gran Sequía.

—Cierto. Dado que no hay agua para todos, convirtámosla en artículo de lujo. Suplicarán por ella. Además, históricamente, ha estado asociada a la vida, a la riqueza… —completó Jordá.

—A la fertilidad y a la limpieza.

—Es la bolsa uterina de dónde venimos.

—Es un flujo eterno.

—El principio y el todo.

—Nos falta una buena leyenda sobre ella —sugirió el Attwater.

—¿Una buena historia? ¡Se escribe sola! —Por fin hablaban el idioma de Alberto.

—Esta vez, incluso, podemos presentar un mesías. Conozco al agente del tipo que hizo Aquaman. —recordó Attwater.

—¡Llámale! ¡Ahora!

Jordá rodeó la mesa hasta llegar al interfono. Pulsó un botón y se acercó al aparato.

—¡Silvia! ¡Venga enseguida!

No pasaron ni diez segundos cuando la rubia entró en la sala de reuniones caminando todo lo rápido que le permitía su falda.

—¿Qué sucede? ¿Va todo bien?

—Lo tenemos. Llama a presidencia. Que vayan empezando los trámites. Que preparen todo el papeleo para reconocer una nueva religión.

—¿Ya han dado con… “esto”? —preguntó inocente.

—¡El agua! ¡Va a ser el agua!

—Ah, pues está muy pensando, ¿no?

—La leyenda ya casi está —anunció el más joven mientras miraba las piernas de la secretaria—. Va a estar relacionada con los manuscritos del mar Muerto.

—¿Mar muerto? ¿Más agua? ¡Eso es maravilloso! —aplaudió la mujer.

—Caballeros, esto merece un brindis. —Alberto Rius le sirvió un vaso a Silvia y, quedándose a su lado, alzó el suyo.

—Oh, no sé si debo. Este no es mi sitio —dijo con timidez.

—Tonterías —cortó Jordá—. Por favor, brinde con nosotros. Levantó su vaso hacia ellos dos.

—Dicen que brindar con agua da mala suerte, pero si a usted le parece bien, me quedo. ¿Por qué van a brindar?

—Por el futuro —sentenció Francis Attwater—. Porque sea nuestro.

—¡Salud! —gritaron sus socios.

Los tres hombres tomaron el agua de un solo sorbo y ella, sin haber bebido una sola gota, buscó una excusa para retirarse.

—Ha sido muy emocionante, pero creo que será mejor que me vaya.

—De acuerdo. Gracias, Silvia. —Su jefe la entregó su vaso vacío—. Haga las gestiones, por favor. —La invitaron a irse con un gesto de la mano.

—Si no me necesitan más —añadió antes salir— me retiraré a casa.

—¡Claro! ¿Cómo está el pequeño Iñaki?

—Ay, es un torbellino —rio—. Y eso que aún no tiene un año.

—Me temo que luego la cosa no mejora. —Jordá se encogió de hombros—. Hasta mañana.

Cinco minutos más tarde la planta estaba en completo silencio y solo se oían los tacones de Silvia Foc. Entró a la sala de reuniones para recoger los restos del almuerzo que había proporcionado a su superior y a los dos socios de este, satisfecha por la rapidez con la que el veneno había hecho efecto. Con el interfono abierto había escuchado los últimos gritos de auxilio de aquellos tipejos.

—Tendré suerte si no me mato con estos zapatos.

Con dificultad, esquivó los cadáveres de los tres hombres hasta colocar todo en el mismo carrito con el que entró hacía un rato.

También recogió todos los papeles y grabaciones que atestiguaban que aquella reunión se había celebrado. Los haría desaparecer con la misma eficacia con la que había desempeñado sus tareas desde que fue contratada.

—A partir de mañana tendré que buscarme un nuevo trabajo —suspiró—. Ya sabía que brindar con agua traía mala suerte. Para que luego hablen de supersticiones —Sonrió con desprecio y abandonó el edificio contoneándose para sí misma.

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