—¡Uhi-Jal, recibe esta ofrenda y atiende nuestras súplicas! —bramó el sacerdote elevando ambas manos hacia el techo abovedado del templo.

—¡Atiende nuestras plegarias, señora! —aclamó la congregación de fieles al unísono.

—¡Tal y como hiciste por nosotros, te entregamos el líquido elemento de este tu siervo! —prosiguió el sacerdote volviéndose hacia una enorme estatua de la diosa que dominaba toda la pared del fondo del altar.

—¡Te lo ofrecemos, tómalo! —repitió mecánicamente la multitud cruzando los brazos con los puños cerrados sobre el pecho y extendiéndolos después hacia la diosa con las manos abiertas.

A Urih siempre le había parecido un ritual de lo más desagradable, pero, en ese momento, que él era el sacrificado, la ansiedad provocada por la proximidad de la muerte, le hacía dudar incluso de sus creencias. Trataba de consolarse en vano pensando que era por el bien común y, por encima de todas las cosas, por el bien de su propio hijo, que acababa de nacer el día anterior.

La escasez de agua, hacía inviable la concepción de un hijo sin la expresa aprobación del consejo, pero él se enamoró de su futuro vástago desde las primeras semanas de gestación. Lo sentía de una manera especial. Era algo místico y, a los pocos meses, se convirtió en una obsesión. Su hijo tenía que nacer, aunque le costara la vida. Se pasaba horas enteras con la cabeza pegada al vientre de su mujer, porque sentía un impulso irrefrenable de estar lo más cerca posible de su descendiente.

La ley era muy clara al respecto, si se cometía este tipo de delito contra la comunidad, el padre de la criatura debía elegir entre sacrificar al recién nacido u ofrecerse el mismo ante Uhi-Jal. El no dudó ni un instante y aceptó su destino para que su hijo viviera.

La creencia, aceptada por todos, era la de que el alma inmortal del sacrificado se fundía con la diosa y, al igual que hizo ella en los albores del mundo, se transformaba en lluvia que suponía la salvación de su pueblo. Pero hacía ya muchos años que a los sacrificios no le sucedían periodos de lluvias. La mayoría de los fieles lo achacaba a que se habían cometido demasiados actos impuros durante los últimos años y eso había hecho enfurecer a la diosa, la cual persistía en su castigo.

Pero a Urih, que llevaba ya unos años planteándose otras posibilidades, justo antes de que el sacerdote accionara el mecanismo de extracción, se le paso por la cabeza la idea de que todo en lo que creían era una farsa, perfectamente diseñada para mantener a su pueblo sometido. Fue un pensamiento fugaz, no duró ni un segundo siquiera, pero fue lo último que ocupó su consciencia antes de morir.

Lo siguiente que vio fue una sala que le pareció muy extraña. Estaba llena pantallas de ordenador, algo que él no había visto nunca. Sin embargo, de una manera que no llegaba a comprender, sabía lo que eran y para qué servían. No era una certeza consciente, sino, más bien, una intuición.

Se aproximó a uno de los terminales y, con total naturalidad, movió el ratón haciendo que la pantalla cobrara vida.

Dio un respingo al ver su mano y después el resto de su cuerpo, pues estaba difuminado. Aparte, emitía un brillo dorado que le hacía parecer estar hecho de pura energía, pero tampoco este hecho le asombró demasiado. Tenía una extraña sensación de dejavú.

Al centrarse de nuevo en la pantalla, pudo ver el momento previo a su ejecución en directo. Al ver como se le ponían los ojos en blanco y su cuerpo se iba arrugando como una pasa, sintió un ligero cosquilleo.

—¡Jod…! —La voz a sus espaldas le hizo volverse. Vio a un hombre, pulcramente aseado, ataviado con una bata de laboratorio, que estaba parado en el umbral de la puerta que daba acceso a la sala de control. En una mano llevaba un portafolios y en la otra una taza de café.

Entonces, sobre la mesa que había entre ambos pudo ver los diseños. Supo enseguida que se trataba de los bocetos de la imagen de la diosa que estos seres habían ideado para subyugar a su pueblo. No tenía ni idea de como sabía todo aquello, simplemente entraba en su cabeza con cada cosa que descubría a ese lado de su realidad.

—¿Quienes sois? —inquirió Urih—. ¿Por qué entran todas estas ideas en mi cabeza?

—Ya te lo expliqué antes… Bueno, para ti este es nuestro primer encuentro, por lo que en realidad aún no te lo he llegado a explicar.

El científico se relajó un poco, abandonando su lugar bajo el dintel de la puerta y aproximándose a la mesa, donde depositó los papeles que llevaba. Se quedó mirando a Urih mientras pensaba cuidadosamente lo siguiente que diría. Le dio un largo sorbo a su café y dejó la taza junto a los dibujos de Uhi-Jal.

Estaba a punto de abrir la boca, cuando el reptiliano volvió a desaparecer tras emitir un breve destello. El hombre volvió a coger su taza y, llevándose la mano libre a la sien empezó a transmitir:

—Ya se ha producido el segundo y último encuentro... Sí, ya, este es el primero para él… Bueno, qué más da, el caso es que tenemos un problema serio de seguridad.

Cuando Urih volvió a enfocar la vista se encontraba frente a un gran bidón metálico lleno de agua. Al fijarse en los conductos que había en la parte superior, supo al instante hacia donde iba toda el agua que se extraía de los pecadores de su comunidad. Al fondo, siguiendo las tuberías que salían por debajo del depósito, había un hombre preparándose un café con la sangre de sus hermanos. Una ira salvaje se apoderó de él al comprender que se trataba del mismo humano que se había encontrado antes. Su cabeza seguía recibiendo y procesando información. Esos seres tan distintos a ellos habían creado a su diosa para utilizar el poco agua que quedaba en el planeta para saciar sus propias comodidades.

Se aproximó hacia el hombre e intentó atraparlo entre sus garras, pero vio impotente cómo lo atravesaba sin poder tocarlo. Comprendió entonces que en su estado, un ser de pura energía, sin materia alguna, no podía interactuar con el medio en el que se encontraba. Incluso advirtió que en realidad levitaba a pocos centímetros del suelo, sí llegar a pisarlo.

El hombre al verlo se sobresaltó y a punto estuvo de tirar la taza al suelo.

—¡No es posible! ¡Se supone que esto no puede estar ocurriendo…

Urih hizo callar al hombre con su mente y acto seguido le hizo contar la historia de cómo llegaron a su planeta, hace eones, y todo el plan que urdieron para hacerse con el control del agua. Su odio crecía de manera exponencial hacia esos seres que no había visto antes, pero que ahora conocía perfectamente a través de la telepatía.

Ahora sabía dónde se ocultaban y deseo con todas sus fuerzas el volver a estar vivo para ir a por ellos.

En otro destello, volvió a desaparecer y flotó etéreo hasta el vientre de su mujer y se instaló en la criatura que crecía en su interior. Lucho durante el periodo de gestación y durante el parto para no olvidar su cometido. Vio cómo lo apresaban para llevarlo ante la diosa. Había conseguido mantener intacta su memoria. Solo era cuestión de tiempo que pudiera crecer lo suficiente para cumplir su objetivo y liberar a su pueblo de la tiranía de esos seres que se ocultaban tras sus creencias.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Raquel Valle @ValleS hace 9 meses

    Enhorabuena! Un relato genial y sorprendente. Me he quedado con la boca abierta :0


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