El sol aparece y los primeros salmos se oyen en la ciudad vieja, en el sector del Fuego. Pronto el templo abrirá y las antorchas iluminarán el camino a los fieles. No tardo en escuchar los siguientes cantos; llaman a la Tierra y serán agasajados con las flores que adornarán el camino hasta su lugar de oración. El Aire les sigue; desde allí no me llegan palabras, solo silbos.

Una parte de mí piensa en mi madre. Nunca la conocí, pero me hablaron de ella. Tenerme hizo que ascendiera desde el Aire a la ciudad nueva y abandonara toda la miseria atrás…

Los salmos, esta vez cercanos, hacen que vuelva a la realidad. El sector del agua reza fervoroso, espera que con su fe las puertas se abran y el Agua corra de nuevo. Toda la ciudad anhela que se cierre el círculo y vuelva el equilibrio. Buscan una respuesta de los dioses, pero hace mucho que algunos dejamos de responder. Nuestro templo hoy tampoco abrirá.

Permanezco arrodillada en la ciudad nueva, escondida entre los bendecidos, los padres de los dioses. Finjo que rezo aun sabiendo que no quedamos suficientes elementales del Agua para la calmar la sed más allá de la ciudad interior. Solo hay Agua para los dioses y a mí alrededor las personas mueren de sed, niños de ojos negros, los nacidos humanos, se agarran a los pechos secos de sus madres. Madres que solo esperan a ser fértiles de nuevo para volver a intentar dar a luz a un niño dios y ascender a una vida mejor. Es una rueda de desesperación que no deja de girar. Si ellos supieran…

Todos creen que en la ciudad interior los dioses viven en la mayor de las abundancias, colmados de dones que tienen a bien compartir ante rezos al alba y bailes al anochecer. Es posible que hace mucho esto fuera así, pero ya no. Un día los elementales del Fuego, asustados del poder que el Agua poseía ante ellos, convencieron a la los de la Tierra que debían exterminarnos. Que éramos demasiado poderosos. Fue una masacre. Y los que quedaron no fueron capaces de mantener el Agua para el pueblo. El equilibrio se había roto.

Se instó a los de la ciudad exterior, la parte vieja más allá de toda muralla a que no tuvieran solo un hijo por año.

«¡A más niños más posibilidades de que nazcan dioses y ascendáis a la ciudad nueva!»

Lo que no dijeron es que, si los niños nacían de ojos azules, poseedores de la magia del Agua, serían esclavizados y obligados a servir a los que acabaron con su raza y ahora les necesitaban para sobrevivir.

Una lagrima resbala por mi mejilla al recordar mi parto, mi ascenso involuntario. Cuando mis hermanos fueron asesinados yo me hallaba en el templo, abriendo las puertas, liberando el Agua para nuestro pueblo. Aquel día el Agua se tiño de sangre y yo velé mis ojos ocultándome en la pobreza y la miseria de los humanos que me rodeaban. Me integré y de sector en sector logré pasar desapercibida.

Sin embargo, pronto las sospechas recayeron sobre mí. No tenía ni buscaba pareja. No aspiraba a dar a luz a ningún dios, la pregunta lógica era quién salvo una no-creyente no aspira a mejorar y ascender. A dar a su hijo un lugar mejor y procurar un futuro para la humanidad…

La pena para los no-creyentes, que alejan a los dioses de los hombres, es la muerte. Así que cuando fui acusada, no esperé a que me detuvieran, hui de la Tierra y me escondí de nuevo entre los del Aire. Pero había aprendido la lección, busqué un buen hombre y fingí querer salir de aquel mundo lúgubre.

Jamás esperé que él entendiera mi secreto, jamás esperé que quedarme embarazada me hiciera tan feliz. Y que cuando accedimos a la intersección, al templo que une las ciudades, al lugar sagrado del alumbramiento, me encontrara rezando de forma incoherente para tener un hijo de ojos negros. O rojos, o verdes, o dorados. Azules no, no como los míos.

No me escucharon y mi hijo, al que llamé Aery como su padre, fue llevado al interior de aquella ciudad maldita para los de nuestra clase. A nosotros, en cambio, nos trajeron aquí, para lo que llamaron “una vida mejor” mientras nos felicitaban y nos instaban tener mas niños-dioses.

Aery toma mi mano de rodillas, sin la alzar la vista al notar mi desasosiego. Sabe lo que me pasa por la mente, algo en mi interior escucha las oraciones y quiere responder, quiere alzarse y atraer el agua, quiere fundirse con ella y dejar de recordar. Pero no puedo ceder. No debo ceder.

Pronto, en lo que me ha parecido una eternidad, los ascendidos se levantan, limpian sus túnicas y continúan con sus labores diarias. No volverán a orar hasta el mediodía, y para entonces ya no estaremos aquí.

—¿Estás bien? —Acaricia mi mejilla y al notarla húmeda no tarda en secarla con sus labios.

—Recordaba —susurro con la voz aun entrecortada por la angustia—. Yo solo quería vivir en paz.

—Lo sé. ¿Estás segura de lo que vamos a hacer?

Por toda respuesta uno mis labios a los suyos mientras llevo su m ano a mi vientre. Es hora de que recuperemos lo que es nuestro.

Pocos conocen los túneles que tomo para atravesar la muralla hacia la ciudad interior. Solo dioses de hecho. Así que no nos ven venir.

Retiro la película negra que cubre mis ojos y dejo que vuelvan a ser de su azul original. En la plaza central donde acaba nuestro túnel solo tres de los cuatro recipientes arden con fuerza. Cuando piso la piedra la pequeña llama que lucha en la cuarta vasija crece un poco dándome la bienvenida.

Corro hacia el templo que antes fue mi casa seguida por un Aery que no deja de admirarse de la falsa grandeza que nos rodea. Solo quiero llegar hasta las amas de cría, solo quiero tomar a mi hijo en brazos y que me conozca. Entro esperanzada para encontrar la peor escena posible. Aquella que nunca habríamos imaginado. En un lugar que en su día fue brillante, celeste, la sala más hermosa que se podría imaginar, ahora hay cadenas que atan a mis hermanos a mugrosos catres.

—Alía, ¿eres tú muchacha? —una voz anciana me reclama—. Alía, lo siento, lo siento mucho…

Me acerco a la anciana, a mi antigua ama de cría, no está atada. Permanece de rodillas frente al altar sosteniendo un cuerpo sin vida, que mucho antes de acércame ya sé que es mi niño. Me oigo gritar, siento como corro hacia él como Aery me abraza y sus lágrimas caen por mi espalda. La anciana me dice a lo lejos que lo siente que no pudo hacer nada por él.

Y dejo de oír. Alzo las manos y canalizo todo el poder de cuantos se hallan en la sala, la llama de la plaza vuelve a arder y condenándome a muerte me fusiono con el Agua y nos volvemos uno. Me dirijo al templo del fuego y apago a cuantos elementales encuentro hasta que su llama no es más que una brasa suplicante que muere como murió mi hijo y como moriré yo.

Soy el último rio que la Tierra jamás verá y que el Aire acompañará soy lo último que los dioses malditos conocerán y los humanos anhelarán, pues en el momento en que el último elemental del Fuego se cruza en mi camino el sol, compañero desde el inicio de los tiempos empequeñece y ya solo hay oscuridad.

Comentarios
  • 3 comentarios
  • Jo, tu relato me gustó mucho. Es una lástima que lo escribieras mala y hayas perdido 1/3 de la puntuación porque en tus plenas capacidades nos hubieras pegado una paliza a todos. Tienes que reescribirlo porque este vale mucho :D

  • Raquel Valle @ValleS hace 9 meses

    Me sumo al comentario. El relato también me gustó mucho y me dio mucha rabia ir dándome cuenta al leer de que no cumplía un requisito. Un final brutal, de los que dejan poso. Enhorabuena!

  • Midyakri @Midyakri hace 8 meses

    Que puedo decir! excusas aparte, estaba malísima XDDDDD lo reescribiré :) Muchas gracias por los comentarios :)


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