Karen, mi mujer, siempre me decía "No todo el mundo tiene la suerte de trabajar en aquello que le gusta".

Esa semana había recibido un encargo que parecía puro trámite. Un marido despechado, engañado por su mujer durante cinco años, me había ofrecido quince de los grandes por acabar con ella. El tal Henry trabajaba hasta las seis, y me indicó que ella pasaba toda la tarde en casa, así que para que no sospecharan en ningún momento de él tenía que hacerlo antes de esa hora. Llegado el día lo tenía todo planificado. Dejar un coche de alquiler aparcado en la acera de enfrente al cual le habría instalado una alarma muy llamativa, subir al ático, entrar, activar la alarma con el control remoto y en cuanto ella se asomara… empujarla al vacío. A la caída desde un noveno piso no sobrevive nadie. ¡Ja, ja, ja! Dinero fácil. Luego se trataba de colocar algunos elementos y simular el escenario de un accidente, esperar que la compañía de seguros mordiera el anzuelo y cobrar un extra.

Desde el comienzo todo comenzó a torcerse. Me costó varias vueltas encontrar un hueco para aparcar y acabé estacionando el vehículo bajo el mismo edificio. Pensé por un momento si iba a tener la mala suerte de haberlo colocado a la altura del piso de Henry, pero ya había perdido mucho tiempo y desistí en la idea de seguir dando vueltas. Subí por el ascensor y deslicé la micro-cámara bajo la puerta principal. El salón estaba despejado. Utilicé la ganzúa con sumo cuidado y abrí la puerta. Se oía música en el interior. Agazapado sobre la moqueta del salón fui acercándome a la puerta situada a mi izquierda que daba al dormitorio en suite y que también tenía un gran ventanal hacia la terraza donde se produciría el accidente. Vi vapor saliendo de las rendijas de la puerta del baño, lugar del que provenía la música y donde también se escuchaba la ducha abierta. La chorro de agua paró. Era el momento de ir tras mis pasos, activar la alarma y esperar a que se asomara. Tic... tic, tic. Me costó un poco activarla, pero de repente aquella estridente sirena circense se empezó a escuchar en medio vecindario. Cinco segundos, diez, treinta. Esa maldita mujer no salía del baño. ¿Estaba sorda o qué demonios ocurría? Seguro que media calle estaba asomada al balcón. Tenía que parar ese cacharro. Tic, tic, tic. Por más que apretaba el mando, no respondía. El sudor recorría mi rostro y esa mujer no salía. Tic, tic, tic. Nada. Corrí rápido al balcón para apuntar hacia el vehículo, seguro que alguna pared bloqueaba la señal. Me asomé y de bote pronto escuché detrás de mí “Karen y yo no nos olvidaremos de ti.” Noté unas manos empujándome y me precipité tras los barrotes. Mi cuerpo se estrelló contra el coche y la maldita alarma dejó de sonar al fin.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Bonsua @Bonsua76 hace 1 mes

    Me gustó. Mantiene la tensión de principio a fin.


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