Alrededor de la mesa, Rufino y Celia deshojan rosas. Los pétalos recuerdan a Celia su sangre. De su boca se escapa un «canalla». Él sigue a lo suyo. Viéndolos así, nadie diría lo que son.

Mañana, con esos pétalos tejerán una alfombra para una calle del pueblo.

—¿Estás segura? Ser la amante de un asesino no es fácil.

—Ahora no tenemos que escondernos. Además, el dinero no da la felicidad.

—O sí.

Estallan en una carcajada que es interrumpida por la puerta. Se hace el silencio. Rufino se levanta y coge unas tijeras como autodefensa.

—Les pido disculpas por adelantado. Soy Pedro, el alcalde. La guardia civil me envía porque ayer apareció muerto en la comarca Justo Martínez, el de Bodegas Arce, seguro que lo conocían. El caso es que en este pueblo, aun en vísperas del patrón, no suele haber mucha gente nueva. Por si supieran algo. -Pedro curiosea por encima del hombro de Rufino. Así vistos, son un matrimonio corriente, si no fuera por la cicatriz que recorre la mejilla de la mujer.

—Hola. Llegamos anoche desde Asturias, un viaje largo. Mi mujer y yo planeábamos una escapada y cuando vimos en la web del ayuntamiento el concurso de alfombras de flores, nos decidimos a venir. Somos artesanos, ¿sabe? Respecto a lo otro…—duda y finge estar horrorizado. —No puedo decirle. Nos somos de aquí, la casa la alquilamos a través de AirBnB… pero suena tremendo. Si acaso escuchamos algo… cuente con nosotros.

Pedro asiente, sonríe tímidamente y se despide.

Celia se ha levantado y manipula bolsas de basura. Hay pétalos de rosa esparcidos por la mesa y el suelo.

—No te preocupes—dice mientras recoge restos de flores y se acerca a ella por detrás. —Te prometo que todo va a salir bien.

Celia nerviosa cierra las bolsas con dificultad. Se acaricia la cicatriz y se gira hacia Rufino.

—Lo sé. Eso es lo que le dije yo a Justo, mi marido, antes de brindar por nosotros con… cianuro. Anda, llévate al coche las bolsas.

Mientras, Celia prepara dos vermús que deja sobre la encimara de la cocina. Rufino no se merece la fortuna de Justo. No, porque ella no se merece alguien que la marque la cara. Las heridas del alma ya duelen lo suyo como para que se reflejen en sus pómulos.

—No lo pienses más.- dice Rufino al volver de la calle. Se abrazan. Celia le ofrece un vaso. Sonríen. Se besan. Y él, se desploma. Porque quien a hierro mata, a hierro muere.

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