-Cargador

-Pistola

-Silenciador

Es difícil tener una lista de la compra "normal" cuando te dedicas a matar. En mi caso ya es rutina, hace tanto tiempo que me dedico a esto que no sabría decir cuándo empecé. Tampoco me quejo de la anormalidad respecto a la de la gente corriente, la mayoría de gente paga bien y puntual, si se hace bien, te ganas un respeto entre los del gremio. Además, cuando necesito material especial los proveedores ya te conocen de tantos trabajos y todo es mucho más fácil. Pero al final todo se convierte en rutina, da igual el trabajo que tengas, siempre va volverse repetitivo y hasta aburrido, por eso siempre recomiendo tener un hobbie.

Esta vez es de los fáciles, en la tienda de la esquina de Jefferson con la 43 venden todo lo necesario, es una tienda de empeños, ya nos conocemos las caras. Le he vendido y me ha vendido numerosas veces, y esta se va a convertir en una más de ellas. No sé si voy a necesitar todo el material, pero, como se suele decir, más vale prevenir que curar.

Lo guardo todo en una bolsa de esas que usa la gente para ir al gimnasio, es fácil de llevar, no abulta demasiado y no llama demasiado la atención.

Seguidamente me dirijo a la dirección que me han dicho a la que tengo que acudir. Se trata del típico caso de infidelidad. La mujer me ha contratado para que mate a la mujer con la que le está siendo infiel: su secretaria (la de su esposa), y que deje al marido amordazado en una silla, y que seguidamente la llame para que venga. Ella contratando un detective privado lo descubrió todo, incluso donde hacían sus encuentros, un viejo hotel medio en ruinas de uno de los barrios más peligrosos. Nunca había estado, pero realmente esto esta mugriento como dicen, si no lo derriba el ayuntamiento, lo hará por si solo alguno de estos días.

No hay recepcionista. La habitación es la 4C, puerta de madera con el barniz que le está saltando y solo queda la silueta de la C. Deposito la bolsa al suelo y me guardo las cuerdas en los bolsillos de la chupa de cuero. Los cargadores al pantalón y monto el silenciador; reviso la pistola, todo bien. Antes de abrir pongo la oreja en la puerta para saber más o menos la situación; se oyen unas voces.

Me retiro al otro lado del pasillo (que tampoco es que sea demasiado ancho), y con una patada reviento la puerta y entro deprisa, pero no lo suficiente para no poder analizar la situación. Y lo que me encuentro no me lo puedo creer.

Dos revólveres apuntan directamente a mi cabeza. Son el marido y la secretaria, revólver en mano y una expresión seria en la cara.

-No eres quien esperábamos.

Lo último que oigo son un par de disparos.

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