El médico abandonó la habitación, y se encontró con el esposo de la paciente, reclinado en el sofá junto a un ventanal que dejaba pasar los tibios rayos del sol de la mañana. Se acariciaba la barba y saltó del asiento al verle.

─Señor Bolton ─dijo el médico─, la disfunción muscular en las piernas de Roberta persiste. Me temo que no hay mejoría alguna.

Florencio regaba los geranios amarillos del vasto jardín de los Bolton. Era su segundo día en aquel empleo. Alzó la vista hacia la fachada frontal de la casa y pudo ver como una mujer se detenía frente a una de las ventanas, sonriendo, mientras un hombre se le acercaba por detrás con un gesto libidinoso, abrazándola y devolviéndola al interior. Escasos minutos después el médico atravesó el jardín, y Florencio reconoció de inmediato que era el mismo hombre de la ventana.

Una semana más tarde el doctor volvió, pero esta vez el esposo de Roberta estaba fuera por negocios. Florencio se escurrió por los elegantes pasillos de la casa hasta la puerta del dormitorio donde estaba Roberta con su amante. Primero oyó ligeros gemidos, luego la pareja conversó sobre sus sombríos planes contra el señor Bolton. De pronto la puerta se abrió asomándose el cañón de un arma sostenida por el médico. Florencio se paralizó y lo agarraron metiéndolo a la habitación.

─Muchacho entrometido, ¿Qué haces husmeando en mi puerta?

Roberta estaba de pie con las manos en la cintura, rabiosa, agitando su cabellera rubia.

─Dispénseme mi jeñora es que me perdí por esta casota buscando el retrete.

─Este desgraciado no oyó nada Roberta. Solo míralo… ─dijo el doctor bajando el arma.

A media noche el señor Bolton regresó y como un león cazando su presa llegó hasta el dormitorio. Entre las sabanas reposaba un bulto y se aproximó a él lentamente. A su paso frente a la ventana la luz de la luna provocó el centellazo de la hoja del cuchillo que empuñaba. Se abalanzó sobre la mujer dando puñaladas y gruñendo, pero se detuvo cuando sintió el frío de un metal puyándole la nuca.

─¿Crees que dejaría que me intentaras asesinar de nuevo? Pues no, miserable. Como verás no estoy paralítica. Y coordino mis movimientos a la perfección.

Él la había arrojado por las escaleras durante la última de las incontables golpizas que le dio. Con una patada del jardinero la puerta se abrió de par en par sorprendiendo a la pareja. Ella se giró, y retumbó una detonación. Cuando Florencio abrió los ojos el vestido azul celeste de ella se teñía rápidamente de rojo y su cuerpo inerte caía al piso.

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