Las sombras habían tomado la ciudad. El sol se empezaba a esconder tras la línea de edificios, cuando un hombre salió dando tumbos de un bar. Una mirada a su reloj y su sonrisa bobalicona se deshizo en una seriedad inescrutable. Echó a andar calle arriba, volviéndose una parte más de la metrópolis. La lluvia empezaba a mojar los tejados tímidamente.

Le habían asignado el seguimiento del nuevo inspector de policía que había llegado a la ciudad. Nadie entraba ni salía sin que ellos lo supieran, cada ápice de información proveniente de la ciudad era estudiado al detalle. Y cuando alguien era peligroso debía ser eliminado antes de que se convirtiera en una amenaza. Aun así mantenían un equilibrio, cada muerte suponía una nueva pregunta, una nueva pista para el ojo entrenado. Por eso los recién llegados eran vigilados día y noche, hasta que quedaban atados a la ciudad.

Las gotas de lluvia le caían por el pelo castaño despeinado, mientras observaba la ciudad baja sentado en el borde de un puente. Una puerta chirrió justo debajo. Ese nuevo inspector era demasiado lineal. Su vida era un sencillo patrón, seguirlo era un juego de niños. Se descolgó por una tubería hasta la ciudad baja y comenzó su persecución.

Una sombra se detuvo en medio de la noche. El inspector había girado hacia la izquierda. Llevaba girando a la derecha en aquella esquina desde hacía meses, y acababa de girar a la izquierda. Kouda sintió un cosquilleo que llevaba mucho tiempo sin sentir. Amparado en la oscuridad vio cómo se metía en un complejo de oficinas vigilado por un guarda armado. Ese era exactamente el comportamiento de alguien peligroso. Alguien ya se encargaría de investigar ese sitio, él tenía ya una misión. Y su vida dependía de cumplirla.

Había parado frente a un edificio en la parte alta de la ciudad. En efecto, era el apartamento del inspector. Sus directrices eran muy sencillas: acabar con el inspector y su círculo más cercano. Subió las escaleras y llamó a la puerta. Una mujer le abrió. Vestía con una blusa ligera, se notaba que se acababa de despertar. Lo que tenía que haber acabado con un asesinato tras presentarse como el compañero de su marido, acabó con ambos en la cama, desnudos. Tenía que esperar a que volviera el inspector, al fin y al cabo.

La atractiva mujer se desperezó y fue hasta el baño. Kouda se levantó a su vez. No podía demorarlo más. La mujer salió del baño, y las balas empezaron a volar. Pero fue Kouda quien tuvo que saltar por la ventana para no morir agujereado por el Thompson que disparaba aquella indefensa mujer.

"Mierda" pensó Kouda mientras se apretaba la herida de su hombro. Era un hombre de pocas palabras después de todo. Se perdió en la ciudad de nuevo mientras imaginaba creativas formas de asesinar a ese par de individuos que podían escapar e informar de que la capital llevaba meses en manos de los rebeldes.

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