—¡Acelera! —grita Álex en mi oído dejándome casi sordo.

—¡Voy todo lo rápido que puedo! —me defiendo esquivando coches y saltándome alguna que otra norma de tráfico al hacerlo.

—Raúl, por tu vida. Ese malnacido no puede volver a salirse con la suya. Otra vez no —suplica mi compañero de patrulla.

Se refiere al asesino que la prensa llama La Antorcha, como el de los Cuatro Fantásticos, porque siempre incendia el lugar donde deja los cuerpos de sus víctimas. Mata una vez al mes, como la transformación de los hombres lobos con la luna llena.

A lo lejos vemos una columna de humo que presagia que esta historia no tendrá final feliz.

—No tiene porque significar nada —dice Álex, aunque si llaman a la policía es porque hay víctimas. Este caso le está afectando mucho. Cada cuerpo calcinado que no conseguimos salvar es un duro golpe para su profesionalidad, su orgullo y su humanidad—. A lo mejor no es él.

Sus esperanzas se desvanecen a medida que nos acercamos. Un antiguo almacén abandonado arde mientras aparcamos entre otros coches de policía y un camión de bomberos. La desolación de Álex es palpable cuando salimos del coche. El fuego es demasiado intenso como para que podamos hacer nada. No podemos llegar a la escena del crimen, ni examinarla, ni confirmar si se trata de él, ni nada.

Una pena… para ellos.

Sé exactamente lo que encontrarán. La vagabunda muerta que dejé ahí antes de que empezase el fuego. Soy el asesino que buscan, el que son incapaces de atrapar y que les está dejando como unos ineptos por lo poco que han conseguido descubrir sobre mí. La clave está en los incendios que cubren mi rastro. Los primeros los provocaba yo mismo, luego empecé a usar explosivos programados para poder tener una coartada. Hasta ahora nunca me han fallado.

—Sánchez dice que van a tardar horas en controlar el fuego –me informa un cabizbajo Álex, que viene de hablar con el jefe de los bomberos—. ¿Por qué no te vas a casa?

—Tenemos trabajo aquí.

—Trabajo que no podremos empezar hasta dentro de horas –contesta de mal humor—. En serio tío, vete. ¿Qué tal está Marina?

—Enorme.

—Con ocho meses de embarazo… ¿qué esperabas? En serio, vete con ella. Ahora mismo te necesita más que yo. Te llamaré cuando tenga algo.

—Prométemelo.

Mi compañero lo hace y no le insisto más, ya he disimulado lo suficiente. Detengo el coche patrulla a unos kilómetros de allí, a una distancia segura. Marco su número de memoria y espero a que su voz, femenina y sensual, me responda.

—¿Alma? Tengo un rato libre, ¿estás en casa?

—¿Y Marina?

—Cree que trabajo toda la noche.

—No tardes… —acepta con la voz llena de promesas y lujuria—. Me voy quitando todo.

—Quince minutos —le aseguro y enciendo las luces para llegar antes.

¿Qué? Tendré que divertirme mientras pueda. Es lo que he estado haciendo desde que Marina, mi mujer, me dijo que seríamos padres.

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