La respiración de su marido era lenta y pesada; el sexo de aquella noche lo había dejado agotado. Alrededor de las once empezó a roncar, pero Graciela todavía esperó un poco antes de levantarse, vestirse y salir de la habitación.

Bajó las escaleras en silencio y se dirigió al garaje. Allí abrió un armario empotrado y retiró el doble fondo tras el que escondía el maletín. Debía darse prisa. Cuanto menos tardase en volver, menos probabilidades habría de que su marido se despertase y advirtiese su ausencia.

Anduvo sin miedo por las calles oscuras y solitarias hasta llegar a un ruinoso edificio de cuatro pisos. Oculta en las sombras del portal, abrió el maletín y extrajo los utensilios necesarios para forzar la puerta. Menos de diez minutos después, ya subía las escaleras con cuidado para no tropezar en la oscuridad.

En cuanto estuvo frente al apartamento, pegó el oído a la puerta, confirmó que todo estaba en calma y volvió a ponerse manos a la obra con las ganzúas. La cerradura no tardó en abrirse con un leve chasquido. Ahora debía moverse con especial cuidado.

Comprobó habitación por habitación hasta dar con el dormitorio. En su interior solo se oía la fuerte respiración del hombre que yacía en la cama, desnudo y completamente borracho. Tal como esperaba. Sabía que su novia no volvería hasta las nueve de la mañana, por lo que tendría una coartada perfecta.

Depositó el maletín abierto a los pies de la cama y sacó el cuchillo. El hombre estaba indefenso, pero no era capaz de sentir compasión por él; no después de haber visto las marcas en la cara y los brazos de su novia. Resultaba irónico que ella la hubiese contratado a raíz de una simple infidelidad.

Con un movimiento decidido, le tapó la boca con una mano y le hundió el cuchillo en el corazón. La víctima se agitó, tratando de quitarse a su agresora de encima, pero ella pesaba sus buenos noventa y dos kilos; no era fácil moverla. Finalmente, tras un ligero estremecimiento, el hombre expiró.

Graciela no perdió el tiempo. Llevó el arma a la cocina, la limpió y se lavó las manos. Después volvió al dormitorio, cogió el maletín y se marchó de allí.

Llegó a casa a la una y media. Su marido seguía exactamente en la misma postura en la que lo había dejado, profundamente dormido. Se puso el pijama y se metió en cama, satisfecha. No tardó en volver a conciliar el sueño.

A la mañana siguiente acudió al supermercado, ocupó su lugar frente a la caja registradora y dio comienzo a su jornada laboral. Momentos después de abrir, dos coches de policía bajaron a toda velocidad por la calle, precedidos por el atronador sonido de las sirenas.

—¿Qué habrá pasado? —se preguntó la mujer mayor a la que atendía en aquel momento.

Graciela sonrió y enarcó las cejas.

—No tengo ni idea.

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