—Quiéreme niña, quiéreme niña, quiéreme siempre… —canturreo en voz baja. Con tremenda chulería disparo al camino que se abre bajo nuestros pies, penetrando serpenteante en el canchal. Alonso me mira y se sonríe. Recarga y dispara. Otro facha muerto. Y otro más— ¡Perales! Deje de intentar pegar la hebra, que soy su superior.

—¡Pero si no he dicho na!

—Por eso. Con Amalio y los demás, al flanco izquierdo. ¡Venga, que le cubro! 

Aprovecho que andan recargando y me lío a descerrajar tiros a diestro y siniestro. El miliciano desaparece, medio oculto entre el polvo levantado por una ráfaga de tiros que no terminan de acertar.

Válgame Dios. Sí que me han mandado a lo mejorcito, sí. Porque me conozco al chupatintas del Genaro —facha y el tipo con menos luces del pueblo, pero decente como cualquier otro—, que si no me creo que me los han mandado después de irse de tintos. En fin. Menos mal que al menos escogí bien el terreno: algo de tiempo nos dará en la escaramuza. Y luego… No importa. Me habré vengado, o muerto.

A lo lejos veo un destello. Es la señal convenida. Cargo el fusil por última vez y me parapeto tras una roca por si al idiota de su marido le da por responderme a balazos.

—¡Morenita! —grito a la Julia, que se encuentra justo al otro lado del camino—¡Cuidao con el sombrero!

—¡Vete a fregar, Ma…!

La miliciana Julia Espinar no llega a terminar la frase. Muere en el acto. Pepe me mira con un odio que hace que me sienta vivo al fin. Todos creerán que los nacionales la mataron, no han llegado a ver de dónde venía el disparo. Me echo el Lebel a la espalda, recojo los bártulos y enebro a correr por un sendero medio escondido.

El sonido metálico del cerrojo de un Mauser me hace parar a la entrada de un túnel. Me giro. Despacio, con las manos en alto. Descubro la figura resplandeciente de mi Pepe, mi amigo, bajo la luz del sol apuntándome directamente al pecho.

—¡Me la has matao! ¡Cabrón! —grita desesperado. Reconozco que su dolor me reconforta algo. Al ver que no reacciono como espera, cambia de estrategia— Joder, su único pecado fue quererme, Mariano…

—No, Pepe, que fue que tú la quisieras. ¿De verdad vas a dispararme a esta distancia con un fusil?

—Voy a matarte, como tú la has matado a ella.

—¡Dispara! ¡Vamos, ten huevos y dispara! ¡Mátame, hostia! Porque no te van a ascender. No vas a recuperar esa plaza. ¿Escuchas los tiros? Es una columna franquista. Estás sólo, Pepe. Escribí al Genaro, con tu nombre. Te creen un traidor. —No había vuelta atrás. Sorprendí al que fue mi amante con un beso, sin darle tiempo a reaccionar—. Y yo también.

Lágrimas viles se escapan. Pepe lo sabe, pero es tarde: ya tiene la punta desmontable de mi bayoneta clavada. Lo sabe, y se va sabiéndolo. 

Tenía que haberme querido. Siempre. Hasta su muerte.

 


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