La obsesión de Devon tenía sangre azul y nombre de mujer. Las canciones inspiradas en su belleza habían surcado los siete mares y, aquella noche, las aguas iban a teñirse de rojo por ella.

La flota real estaba compuesta por más de doscientas galeras, pero el barco en el que navegaba la princesa cruzaba en solitario el océano. La ausencia de escolta debería habernos hecho sospechar, pero éramos jóvenes y estúpidos y confiábamos ciegamente en Devon.

Devon, nuestro capitán, que llevaba días actuando de forma extraña. Devon, que nos prometió gloria y riqueza y solo nos trajo muerte.

Nos hizo atacar al ponerse el sol, porque pensaba que las sombras nos ampararían y sorprenderíamos a nuestro enemigo. Quizá, si la luna no hubiera querido presenciar en primera fila nuestra derrota, si hubiera permanecido oculta tras las nubes, las cosas habrían sido diferentes. Quizá no.

El vigía dio la voz de alarma cuando todavía nos quedaban varios metros para alcanzar al barco enemigo, y el primer disparo se escuchó apenas un par de minutos después. La bola de cañón atravesó limpiamente nuestra vela mayor y en el Quemarropa se desató el caos.

Devon gritó que fuéramos a los remos y él corrió hacia el timón. Los disparos continuaron mientras Devon conducía nuestro barco contra el de la princesa. Fue un movimiento osado que el enemigo no esperaba y Devon logró que ambas naves chocaran con un golpe furioso que hizo temblar hasta la última astilla.

—¡AL ABORDAJE!

Sabiéndose respaldado Devon dejó el timón y, espada en mano, cruzó de un salto el espacio que separaba el Quemarropa del navío real. Aterrizó limpiamente en la cubierta enemiga, donde lo recibieron dos marinos armados con sables. Atacaron a la vez.

Devon se agachó para esquivar el primer estoque e interpuso su espada para bloquear el segundo, apartándose con rapidez con toda la intención de desequilibrar a su oponente. El marino trastabilló un poco sin llegar a caer, pero le dio a Devon la oportunidad perfecta para hundirle una navaja en el estómago. Cuando se volvió para enfrentarse al otro, descubrió que alguien ya se había encargado de él.

Fui yo.

Me dio las gracias con un gesto y, con el ansia brillando en la mirada, se lanzó a la búsqueda de la princesa. Nadie intentó detenerlo. A su alrededor se libraba una sangrienta batalla, pero él parecía ajeno a ella. Sin percatarse de lo insólito de la situación, llamaba a su amada a gritos.

Cuando por fin respondió su voz resonó como una campana. Dulce y clara, se elevó por encima de los gritos de muerte para atraer la atención de Devon… y la de toda su tripulación.

La voz de la princesa no era humana. Sus ojos, todo pupila, tampoco. Cuando Devon se acercó, ella lo recibió con los brazos abiertos y una sonrisa que helaba los huesos.

«Una sirena», pensé.

La carcajada del marino con el que luchaba y la tela que cubría sus oídos me lo confirmó.

«Una trampa».

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