Hell hath no fury like a woman scorned  —William Congreve 

Observo a mi presa entrar al prostíbulo y calculo que tengo unos quince minutos para llevar a cabo mi labor. Ajusto el casco de precognición y, mientras espero a que la sinapsis eléctrica se acople, preparo mis herramientas.

Descarto rápidamente el arma de fuego: demasiado ruidosa, incómoda de llevar, demasiado impersonal. Elijo en su lugar un estilete con empuñadura de marfil y filo de zafiro compuesto, indetectable por los sensores de seguridad del burdel. Me decido también por un conjunto negro y una peluca rizada. No planeo que me vea nadie, pero de ser así, quiero que se fijen en detalles que no lleven a mí.

Un pequeño zumbido y una jaqueca me avisan de que el artilugio está listo: la sensación siempre es desagradable, pero merece la pena.

Una puerta cerrada. Un panel cifrado. Desecho la idea de colarme por la puerta trasera, no hay tiempo para ello. Una sonrisa pícara. Un escote pronunciado. Una risotada grave. La seguridad no parece excesiva esta noche, pese a que el burdel se jacta de ser el más discreto de toda la ciudad. Las escaleras junto a la barra del bar. Las putas bailando. Una caricia. Una invitación. No. Vasos rompiéndose. El almizclado olor de la bebida al derramarse. Gritos. Caos. Escondo el cuchillo en una de las solapas de mi abrigo. Luz roja. Un grito. El ensordecedor estallido de un disparo. Voy a necesitar otra navaja. Tras sopesarlo durante unos segundos decido que quizá sea mejor llevar dos más. Salpicaduras de sangre. Una disculpa. Una amenaza. El casco fuerza mi mente y noto una pequeña gota de sangre caer de mi nariz. La limpio con el dorso de la mano y me concentro. Tengo dos minutos. El arma bajo la almohada. Desorientación. El ruido de sirenas en la lejanía. Las fuerzas del orden. Rectifico. Una mano cercenada. El puñal, clavándose hasta el hueso. Su mirada, sorprendida, apagándose. Sonrío con satisfacción.

Me acerco a la puerta y espero a pocos metros. No tengo que esperar mucho hasta que una de las chicas se acerca y saluda al portero. Coquetea con él. Aprovecho el momento y me escabullo sin que ninguno de los dos repare en mí.

Una vez dentro vuelvo a esperar, lejos de los focos, entre el guardarropa y la barra del bar. Busco a la chica del vestido de látex rojo; sé que si me ve intentará invitarme a una copa. Pasado un momento me acerco a la barra en el momento en que el camarero sale y se tropieza con uno de los clientes, derramando sobre él la bebida y empezando una pelea. Aprovecho esos segundos para subir al segundo piso.

Busco la puerta y la tiro abajo de una patada. Aprovecho el impulso para lanzar mi cuchillo y matar a la puta antes de que pueda chillar.

—¿Cariño? —dice mi presa, sorprendida—. No es lo que parece. Te lo juro.

No tiene ninguna oportunidad. Ninguna.


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