—Estás jodido. No se en qué andabais metidos, pero Luca se ha cargado a Elisa. Esfúmate.

La llamada finalizó con brusquedad. Aquello era imposible. El plan era perfecto. Nadie sospechaba nada, ¿o sí? La duda despertó el instinto de supervivencia de Max. Si Luca les había descubierto, ahora vendría a por él. Debía moverse deprisa.

Su mano se deslizó hacia el cinturón, donde su fiel revólver aguardaba silencioso en la funda. Pagarían por cargarse a su chica. Buscaría a Luca y haría lo que mejor sabía hacer: meterle a aquel gordo una bala entre los ojos. Le estarían esperando y sería un suicidio, pero no le importaba.

Respiró hondo y encendió un cigarro. Mantendría sus sentimientos bajo control, como hacía siempre. Para un asesino a sueldo, eso suponía la diferencia entre vivir o morir. Con tantas muertes a sus espaldas cumpliendo las órdenes de Luca, el peso del cuerpecito de Elisa pronto se esfumó. Entre una mujer y sobrevivir, siempre elegiría la segunda opción.

Elisa y él llevaban meses aprovechando sus posiciones dentro de la organización de Luca para robarle dinero. Incluso la había convencido de seducir a Enzo, el hombre de confianza de Luca, para abrirse más puertas. Pobre idiota, pensaba que tenía alguna oportunidad con ella. Gracias a aquel dinero todavía había una salida para él, y pensaba utilizarla.

Subió al coche se dirigió al motel donde su preciado botín había sido testigo mudo de sus encuentros secretos. Sus ojos bailaron del retrovisor a la carretera durante todo el trayecto. Aparcó frente al motel y un escalofrío le paralizó antes de salir del coche. ¿Y si la llamada era una trampa? ¿Y si Luca solo tenía sospechas y le había engañado para conducirle directamente hasta la prueba de su traición? Sus hombres podrían estar esperándole allí mismo.

—Mierda —masculló.

Pero no podía quedarse allí eternamente. Salió del coche y fingió buscar algo en los bolsillos mientras examinaba la calle. Un mustang aparcado cerca le resultó demasiado familiar. Todo su cuerpo le gritaba que huyera, pero sabía que sin el dinero no tendría ninguna posibilidad. Recuperó la calma y esperó durante unos segundos eternos en los que no ocurrió nada.

Sintiéndose un poco más seguro, entró en el motel. Tan pronto como perdió de vista la calle, echó a correr escaleras arriba. Se paró delante de la puerta de la habitación, intentado distinguir algún sonido. Nada. Giró el pomo, acariciando la libertad que le esperaba al otro lado. Abrió despacio, atento a cualquier cambio en el interior. Una vez dentro, corrió hacia el armario y sacó la bolsa donde guardaban el botín. Cuando la abrió y vio que estaba vacía se le congeló la sangre. Sobre la tela negra encontró una nota: «Deberías habértelo pensado mejor antes de tirarte a aquella rubia. Enzo y yo disfrutaremos del dinero a tu salud. Suerte intentando escapar».

Max lanzó la bolsa al suelo y salió corriendo como si el diablo le persiguiera.

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