Marcos deslizó lascivo su mano por los gemelos de la muchacha. Le dio igual que no se despertara, en realidad ya estaba saciado, solo le atraían aquellas piernas perfectamente depiladas. Adoraba a su mujer, pero la confianza y la convivencia hacían que ver unas piernas tan suaves fuese raro, casi tanto como que él se arreglara la barba, que ella fregara los platos o que él sacara el perro. Compromiso, fidelidad y dedicación eso necesitaba todo matrimonio para salir adelante, siempre lo había creído y ahora… sintió un ramalazo de culpa ante la muchacha desnuda. No era la primera vez, pero siempre así, siempre con un buen motivo. Se reafirmó durante unos segundos y abandonando la cama ocupó la silla. Tocaba esperar.


Sabía que esto sucedería en cuanto leyó el periódico quince días atrás. Decía que había vuelto, tras diez meses en la sombra, el asesino de los cuernos. En la comisaría no se hablaba de otra cosa. El muy cabronazo atacaba de nuevo los hoteles de la ciudad, acechaba a sus futuras presas, irrumpía en sus habitaciones y acababa con la vida de los infieles dejando su seña escrita en sangre y su escena de sacrificio. El hombre boca arriba en la cama, en el altar, con los brazos extendidos y unos cuernos tallados sobre su pecho. Ella, en el suelo, pidiendo perdón. 


Buscó una mujer llamativa, a la que el asesino no se pudiera resistir, una de esas que rezumaban infidelidad y amante carísima. Ocultó siempre su rostro, como si de una personalidad se tratase o como si no deseara ser descubierto, y fue asquerosamente sonoro durante el acto. Hizo todo lo que un buen cebo haría y lo repetiría una y otra vez hasta que el psicópata desapareciera o cayera en su trampa. 


Un ruido fuera de lugar le devolvió a la realidad, estaban forzando la puerta. Lo había logrado, iba a detenerle. Se puso en pie y ocultándose en las sombras esperó a que el asesino entrara en la habitación. Entonces le dio el alto y el muy imbécil soltó su arma y levantó las manos. Notó como su erección volvía en cuanto le introdujo el cuchillo en la espalda. Dios, aquella primera puñalada le hizo saber cuánto lo había echado de menos. 

El hombre murió más deprisa de lo que merecía cayendo sobre el cuerpo de la infiel que pretendía asesinar. Ella no gritó, el cuchillo ya había cercenado su garganta.

La imagen de los dos cuerpos era espectacular, hermosa. Pero se podía mejorar. Rápidamente les colocó y con la sangre de su cuello grabó en la pared la clave de la felicidad. 

Compromiso – Fidelidad — Dedicación.

Estaba realmente excitado, deseando volver con su mujer y no pensar en la caza, en la necesidad de salir al hall y acechar a otra víctima. Putos novatos intentado emularle, siempre que lo dejaba aparecía algún imbécil para deshonrar su legado. ¿No podían buscarse su propio modus operandi?

Imitadores. Malditos imitadores

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Comentarios
  • 1 comentario
  • necrox1412 @necrox1412 hace 2 meses

    No capté del todo la historia, ¿el que estaba haciendo de cebo no era un policía sino un imitador que deseaba acabar con el asesino? ¿o era ambas cosas?


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