El todoterreno azul dobla la esquina de un brusco volantazo. La mujer se baja del coche bajo la lluvia torrencial y se adentra en el parque, convertido en un oscuro lodazal.

Aparca en la entrada del callejón y apaga el motor. Abre la guantera, se cubre el rostro con un pasamontañas y comprueba el cargador de su glock del treinta y siete, antes de salir tras ella. Vestida con falda de tubo y zapatos de tacón, tampoco podrá llegar muy lejos. Unas zancadas rápidas después, el blanco cruza la línea de tiro.

Un disparo contra el tronco de un árbol paralelo es suficiente para que grite y caiga al barro, mientras la madera astillada salta sobre su cabello oscuro. Le encanta su trabajo. Sus clientes siempre le piden lo mismo; algo sencillo, rápido y limpio. Pero si supieran cómo disfruta al llevar a sus víctimas al límite y al hacerles creer que pueden salvar sus vidas, lo comprenderían.

—Cariño... —«Megan, ¿qué ocurre?»—. Voy en el coche. Me pisa los talones desde que he salido del hospital y no consigo deshacerme de él —«¿Dónde estás?»—. Cerca del parque. Tengo mucho miedo, Jordan… —«Estoy cerca, cariño. Tranquila. Deja el coche en el callejón y dirígete al estanque. Te espero allí».

Gira la cabeza y le ve acercarse sin aminorar el paso, mientras le apunta desde la distancia. Abandona sus zapatos y echa a correr, aunque le tiemblan las piernas. La persecución continúa poco después, pero se detiene al comprobar que hay alguien más. Un hombre que se acerca a ella y le rodea entre los brazos. Respira hondo y prosigue. Debe terminar lo que ha empezado.

«Necesito tu ayuda, Jack. Mi mujer me engaña».

Se acerca y le apunta a escasos centímetros de la nuca. Ella, levanta las manos despacio y agacha la cabeza mientras el delicado vello de su cuello se eriza. Después, observa el rostro de su compañero y amigo, que cambia por momentos. Su mirada se endurece y abandona cualquier atisbo de compasión.

—Dispara —le ordena.

—Por favor, Jordan. No hagas esto... — le suplica entre lágrimas, rendida.

—¡Te he dicho que dispares!

«Lo sabe, Megan», le confesó en una de sus madrugadas furtivas. «Te ha pedido que me mates, ¿verdad?». Ante su silencio, ella decidió por los dos y sellaron el pacto con un beso.

En un movimiento rápido e inesperado, encañona a su mujer a la altura del pecho. Ella cierra los ojos y espera temblorosa, hasta que un ruido cortante y seco pone fin a una larga historia. El rostro de su marido le mira fijamente desde el suelo, con una bala atravesada entre ceja y ceja. Se tapa la boca para ahogar un grito. Jack se acerca con el rostro descubierto y se abraza a ella.

—Es tu turno —le susurra.

—Mi marido ha intentado matarme —solloza, en la llamada que realiza al 911.


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