En cada cumpleaños, desde mi jubilación, ocurría lo mismo: una llamada me daba la ubicación exacta del cuerpo de una persona desaparecida y que, estando en activo, nunca pudimos encontrar.

—¿Qué quieres? —Por segunda vez recibía la detallada descripción de un nuevo emplazamiento.

—No quiero nada a cambio. Sin ti no podría haberlo hecho.

—Y la voz distorsionada colgó.

¿A qué coño se refería con eso? Al año siguiente fue más escueto:

—Felicidades. —y dio una nueva dirección.

Pasaron dos años más. Se intentó localizar la llamada. Fue inútil.

—No hay quinto malo.

Cinco personas sin nada en común. Nunca trabajamos sobre la hipótesis de que hubieran desaparecido por la misma mano. ¿Cómo nos llevó tanta ventaja?

—Hoy tengo algo especial. Creo que deberías ir solo.

—Me da igual lo que creas. No voy a arriesgarme.

—Es especial.

Conduje todo el camino con una incómoda sensación de dejá vu, hasta que el GPS anunció que había llegado. Y allí estaba: un bulto envuelto en plástico a no más de quince metros. El fardo, de tamaño inequívocamente humano, estaba empapado y cubierto de barro. De rodillas, deshice los nudos que sujetaban mi siniestro regalo. Conocía a la víctima. Hacía una eternidad que no la veía, de hecho. Sonó un móvil. Rebusqué entre el plástico y lo encontré al poco.

—¿Es especial?

—Es mi exmujer, bastardo. ¿Por qué…?

—No te merecía. Los dos lo sabemos.

El divorcio llevaba planeando años y una infidelidad por su parte lo aceleró. No podría perdonarla y ella quería llevar una vida distinta a la de esposa de policía. Una vez más, me rendí.

—¿Qué crees que…?

—Ya has estado aquí. Ya sabes qué hacer.

Y era cierto. Fue hace mucho, en la despedida de un superior. Intimidad y mucha cerveza en su casa de campo. Sabía dónde ir.

Llegué a la cabaña antes de que anocheciera. Empujé la puerta y esta se abrió sin esfuerzo. En el salón un hombre servía whisky. Era mi antiguo jefe.

—Ahora lo entiendo —saludé—. La ventaja que siempre has llevado, por qué no había pistas ni pruebas…

—Eras un poli cojonudo, pero demasiado fiel. Eso te cegó. —Señaló con su bebida hacia mí—. Justo como me gusta, ¿recuerdas?

—¿El qué?

—Tómate una copa. Hablemos. —Me entregó un segundo vaso que acababa de rellenar.

Lo dejé sobre una mesita, me giré hacia el aparador y tomé la botella de ginebra.

—Comprenderás que pueda fiarme de ti. —Terminé de servirme. Oía el hielo resquebrajarse—. Puede que haya venido solo, pero hice un par de llamadas antes de entrar. —Decidí tirarme el farol y ver qué cara ponía. Di un largo sorbo a mi bebida.

—¿También has cogido los cubitos de otro sitio?

Se me nubló la vista. Dejé caer el vaso y las piernas me fallaron. En el suelo y con la mirada fija en mi antiguo superior, este se puso en cuclillas. Sonriente, levantó su vaso en señal de brindis y recordé su bebida favorita: whisky doble sin hielo.

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