A través del cristal podía ver la sala en la que me encontraba. Lo único que veía con nitidez eran el hornillo y las probetas que había sobre él. Un hombre enfundado en un traje hermético manipulaba su contenido, que pasó de ser incoloro como el agua a un tono amarillento.

El líquido de la probeta burbujeaba y salía del recipiente. El bote de cristal en el que estaba encerrada me protegía de aquella sustancia, posiblemente nociva, que ahora desprendía gas verde.

La probeta estalló en pedazos. La energía liberada empujó al hombre y cayó al suelo; volcó el bote de cristal, que rodó sobre la mesa. Habría agradecido que las paredes del bote estuviesen acolchadas si mi cuerpo no hubiese estado recubierto de un fuerte exoesqueleto. Mis ocho patas buscaron un lugar en el que sujetarse cuando el bote se precipitó hacia el suelo.

En un segundo todo volvió a la tranquilidad. Oía una alarma a lo lejos. Nada se movía en mi campo de visión: el suelo de la sala, las patas de la mesa y el cuerpo del hombre inmóvil en el suelo. Divisé una grieta en el cristal. Fuera se oía mejor, las paredes y el suelo eran aún más blancos y veía con tanta nitidez que distinguí los ojos cerrados del hombre a través de su visera. La curiosidad me acercó a él.

Abrió los ojos y me miró. Se levantó con torpeza y dí media vuelta, echando a correr en sentido contrario. Sus pisadas hacían retumbar el suelo. Busqué un lugar en el que esconderme desesperadamente, si hubiese sido una araña diminuta habría sido fácil despistarle, pero mis patas eran grandes y peludas y mi cuerpo era negro.

Corrí bajo las encimeras. Su mano me siguió. Salí de mi escondite y seguí huyendo. Ese enorme ser ya no era humano, tras la visera del traje había ocho ojos negros, furiosos y apagados. Un par de quelíceros afilados y oscuros salían a ambos lados de su boca. Sus manos, de ocho dedos, negras y afiladas como tijeras, habían destrozado los guantes y sostenían un garrote de metal.

En mi huida pisé algo pegajoso. Luché por seguir corriendo. Era el líquido espeso y caliente derramado de la probeta. Me dolían las articulaciones. Su sombra estaba sobre mí, y el metal se dirigía hacia mi cuerpo.

Di una bocanada de aire y desperté, mareado, confuso y perdido. Me miré las manos, enfundadas en guantes blancos. No tenía ocho patas, ni ocho ojos. Había sido un sueño. Me levanté con dificultad, recordando lo que había sucedido.

Había un líquido burbujeante y gaseoso sobre la mesa, caía hacia el suelo, junto al bote de cristal roto. Busqué bajo las encimeras hasta divisar a la araña que había escapado. Parecía un déjà vu vivido desde otro cuerpo.

Con cuidado la atrapé y la introduje en un bote de cristal nuevo, limpio y más grande. Me pregunté cómo me vería desde ahí, y más o menos pude imaginarlo.

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