Los ágiles bípedos arrasan con todo a su paso. Los primeros dos inician la persecución, después se suman varios más. Tantas criaturas inteligentes a la caza de un ser tan insignificante como yo. Corren por el infinito pasillo blanco nuclear, velado por una intermitente luz rojiza mientras me deslizo entre las baldosas y esquivo trampas en forma de zapatos o ruedas de sillas giratorias. Detesto mi tamaño desproporcionado y mi color oscuro que me impide camuflarme, como hacen mis hermanas de jardín.

Siempre he sospechado de tanta comodidad. El exceso de alimentación seleccionada, la temperatura ambiente regulada las veinticuatro horas, la luz gradual. En definitiva, un hábitat sin cambios. Pero me acostumbré a él. Sin embargo, empecé a notar que algo sucedía. Mis compañeras han desaparecido de forma progresiva y sin dejar rastro.Noto como la inactividad ha mermado mis reflejos, me encuentro desposeída de mi rapidez. ¿Qué nos están haciendo?

Escucho aullidos y ruidos de cosas pesadas que estallan contra el suelo. La puerta de cristal que marca mi final empieza a cerrarse. Las luces rojizas cada vez brillan con mayor intensidad y me alejan del punto fijo. Intento ser más rápida pero mis dos pares de cuatro no responden. No llego. El cristal se cierra frente a mí y las bestias me rodean. Sus zarpas intentan atraparme y alzo mis patas delanteras para mostrar mis quelíceros. Me defiendo. Les lanzo mordiscos y se retiran, pero son muchos. Primero lo intenta uno, después otro.

Creo que es por ese telar que mis pequeños y torpes ojos han podido ver. Quizá el resto de mis hermanas fueron trasladadas allí para elaborarlo meses atrás y continuar su estructura infinita, brillante y pegajosa, día tras día hasta que morían exhaustas. Había llegado mi turno y, cuando estaban a punto sellar el bote de cristal con la tapadera hermética, conseguí escapar. Pero ahora, acorralada, poco puedo hacer salvo cerrar los ojos y esperar que el final llegue pronto.

Sus pedipalpos captan una vibración y sus sentidos arácnidos despiertan. Una presa ha caído en sus redes. Una libélula aletea y se agita con violencia para intentar zafarse de su red adhesiva. Esta noche le espera un buen festín, aunque después tenga pesadillas con depredadores de dos patas por tragona.


Comentarios
  • 1 comentario
  • necrox1412 @necrox1412 hace 2 meses

    Interesante relato. Sabía que era un animal de laboratorio pero no me pasó por la cabeza que fuera una araña. Pensé más en hormigas o escarabajos, no sé porque. Te dejo una estrella. Por si te interesa puedes leer mi poema en esta pagina se llama oda a la locura y decirme que te pareció.


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