No sé dónde estoy. Recuerdo ir por la calle y los pasos a mi espalda que me seguía. Recuerdo correr para despistarle y esconderme en un callejón. Recuerdo que me agarraron por la espalda y un olor fuerte inundó mis fosas nasales. Todo se volvió negro después.

Cuando despierto estoy atada a una camilla. Lucho, forcejeo y me muevo sin más éxito que herirme las muñecas con las correas que me sujetan. La adrenalina se dispara por mis venas y hace que me centre. Dejo de malgastar fuerzas y busco otra salida. 

El techo y las paredes son de color blanco. Hay un armario con puertas transparentes que guarda botes de distintos tamaños y grandes etiquetas. Veo mesas con ordenadores y equipos que prefiero no saber para qué sirven. También hay otra camilla y, lo que es aún peor, un hombre y una mujer vestidos con batas blancas y gafas de laboratorio. 

No me prestan atención. Están inclinados sobre un gran bote que contiene una araña. Se divierten dándole golpes al cristal y agitándolo. No me gustan. Si le hacen eso a la pobre araña, ¿qué serán capaces de hacerme a mí? 

—Mira Carson, está despierta. —La mujer llama la atención de su compañero y no me da tiempo a cerrar los ojos para fingir que sigo inconsciente. 

—¿Qué tenemos aquí? —pregunta él remangándose la bata. 

—Grace Garret. Portadora del gen T por el proyecto de 2002. Los padres se arrepintieron y la sacaron del experimento. Huyeron durante unos años, pero les encontramos. La niña se nos escapó a manos de los servicios sociales. Tuvimos que seguir vigilando —recita la mujer, leyendo la información de una carpeta—. Por suerte para nosotros, no se quedó quietecita. Huyó hace dos semanas y aprovechamos la oportunidad. 

Un grave error por mi parte por lo que parece, pero no quiero arrepentirme ahora. No quiero que noten mi miedo. No es fácil cuando el hombre se inclina sobre mí con un bisturí en la mano y lo hunde sin piedad en mi cuerpo. 

—¡Dejadme en paz! ¡¡¡No!!!

Grito hasta que se me muere la voz. Me torturan y experimentan conmigo tanto rato que pierdo la noción del tiempo. La rabia recorre mi cuerpo, de adentro hacia afuera, acumulándose hasta que se libera con un estallido que derriba todo a mi alrededor. Incluidos mis dos torturadores.

Atónitos, me miran con ojos desorbitados en los que puedo ver el miedo. ¿Me temen? Tardo un poco en comprender que sí. Que me tienen miedo. Que esto lo he hecho yo. Noto el poder recién despertado burbujeando dentro de mí y por fin lo comprendo. T de telequinesis.  

Lo utilizo para librarme de las correas que me sujetan a la camilla. Mis torturadores golpean desesperados una puerta que no se abre. No son rivales para mi poder y lo saben, pero la puerta se mantiene cerrada dejándolos a mi merced. Al igual que ellos antes, no pienso tener piedad. 

Y luego… ¿Quién quiere ser un héroe cuando la justicia no ha hecho más que joderte? 

Yo desde luego no. 


Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.