Las luces seguían apagadas. A pesar de ello lograba oír a aquellos seres que no dejaban de toquetearlo todo. La verdad es que sentía bastante indiferencia hacia ellos, pero se entretenía observándolos corretear de un lado a otro siempre desorientados. Solo uno lograba coordinar a duras penas al confuso conjunto de animales en aquel cubículo de paredes blancas. Para diferenciarlo del resto, los cuales no parecían muy prometedores, pasó a llamarlo Zeus. Las luces se encendieron.

Ese día todo estaba ocurriendo rutinariamente; a través de una cristalera, él y sus colegas estudiaban a Zeus y a su grupo. Sin embargo la espera les había vuelto confiados, y el exceso de confianza es un asesino lento pero letal. Zeus había logrado encontrar la apertura a la sala donde se encontraba uno de ellos. Era una suerte que estas salas fuesen individuales, pero la visión de su compañero rodeado de aquellos seres desvaneció el sentimiento de seguridad que había tenido hasta ahora. El miedo se apoderó de él. Tenía que escapar. Pero su habitáculo estaba preparado para una larga estancia, no se había planteado que necesitará salir de allí. Cuantas más vueltas daba más seguro estaba de que la única salida era la que daba a la sala blanca. Otro de los observatorios se abrió. Antes de que lo atraparan, el individuo en su interior saltó, y se apresuró hacia la salida al exterior, en el otro extremo de la habitación. Un esfuerzo inútil, su cadáver acabó junto al del primero tras ser sometido a la misma tortura. Zeus se giró. Le había llegado el turno. Todo su cuerpo estaba en tensión. ¿Debía intentar escapar? ¿O su única opción era resignarse a su inevitable final? En ese momento cayó en la cuenta de que la compuerta ya no estaba. Cualquier pensamiento que hubiera tenido segundos atrás se había diluido en el torrente de información que abrumaba todos sus sentidos, resultando en un colapso total.

—El sujeto Charlie está demasiado quieto —murmuró el científico jefe—. Nora, comprueba sus constantes vitales.

—En seguida Doc.

La araña pasó de unas manos a otras, y el científico se dirigió hacia el siguiente bote. Estos eran de cristal, con suficiente comida para un par de días. Mientras tanto, Nora conectaba el equipo médico a la inmóvil araña. En la pantalla apareció una columna de datos, y tras un rápido vistazo Nora volvió a apagar el equipo.

—Doc, parece que de verdad ha muerto... No encuentro ninguna causa aparente sin embargo, además del estrés que la hayamos podido causar.

—Gracias Nora, no es tan raro que eso pase. Lo intentaremos con el sujeto Delta —se giró hacia otro científico—. Karlsson, ocúpate tú de este. 

El jefe del experimento recogió las arañas que no habían sobrevivido a la operación y las almacenó en un compartimento de residuos.

La conciencia regresaba tímidamente, las siluetas comenzaban a volverse nítidas. Desgraciadamente, lo primero y último que alcanzó a distinguir fue la cara de Zeus mientras este cerraba la tapa de su billete a la libertad.

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