Despierto desorientada. Noto que estoy sujeta con correas a una camilla. Abro los ojos y una luz cegadora me obliga a cerrarlos de nuevo. Poco a poco me acostumbro a ella y observo que me encuentro en una sala blanca. Pero no me refiero a una pintada de ese color, sino a una de esas en las que hacen experimentos y que están estilizadas. Desconozco cómo sé ese dato con un solo vistazo.

Muevo una de mis extremidades. Qué raro. Tamborileo con mis dedos sobre el colchón y estos responden a mis órdenes... pero no los siento como míos. Lo mismo sucede con las piernas o la cabeza. No puedo incorporarme porque un correaje cruza mi pecho, pero si me permite levantar el cuello y ver qué hay en el laboratorio. Distingo bichos metidos en frascos y botes. Hay saltamontes, cucarachas... pero destaca una araña negra, grande, peluda y extrañamente bella. También llama mi atención la colección de instrumentos afilados y de tamaños variados que se presentan sobre un par de bandejas. Son esos clásicos utensilios que aparecen en las películas antes de empezar a cortar en trocitos a alguien. El miedo recorre mi espalda cuando distingo tres hombres con bata blanca con sus ojos clavados en mí. Chillo. ¿De dónde han salido? Antes no estaban ahí, ni han abierto ninguna puerta (¿hay puertas? No he reparado en ello, pero no debería) ni andado hacia mi posición. Grito de nuevo, pero los supuestos médicos ni se inmutan. Hablan entre ellos en un idioma que comprendo, pero que nunca estudiado ni es el mío. ¿Creen que no puedo oirles? Comienzo a sudar. Enumeran los experimentos a los que van a someterme en las próximas horas y es científicamente imposible que sobreviva a ninguno. Me revuelvo en la camilla e intento sacudirla con todas mis fuerzas. Si pudiera volcarla, si eso pudiera provocar que una correa se rompiera... pero no la muevo un ápice . Los hombres siguen ignorándome, como si no hubiese intentado nada. El más alto de ellos se da la vuelta, coge un bisturí e introduce la cuchilla en mi carne. Atraviesa el esternón. La sangre cae a los lados, a la altura de las costillas, caliente. El dolor me rompe y mi improvisado cirujano ofrece una mueca siniestra. Y me despierto.

Todo era un sueño. Una pesadilla más bien. Me había quedado dormida en el trabajo. Respiro con alivio al ver y mover una extremidad que sí reconozco como mía. Me levanto de un salto de mi escritorio y paso mis patas por las mangas de mi bata mientras me dirijo al laboratorio. Es hora de diseccionar otro humano. No es una labor agradable, pero reconozco que para una araña de metro y medio, peluda como mi madre y con la carrera de biología recién terminada... reconozco que no está nada mal.

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