Al despertar no reconoce nada a su alrededor. Ni la sala de paredes blancas sacada de una película de ciencia-ficción, ni el cilindro transparente en el que está encerrada.

—Hola, Daniela —saluda alguien vestido con traje de seguridad al otro lado del cristal.

—¿Mamá? —pregunta incrédula— ¿Dónde estamos? —reconoce el cuerpo tendido sobre el suelo— ¿Qué le ha pasado a papá?

—Pobre Dave. Sabía lo que debíamos hacer pero no habría sido capaz, te quería demasiado. Y yo también te quiero, cielo —clava la mirada en Daniela—, simplemente las cosas han salido mal. La compañía tenía muchas esperanzas en el proyecto: crear un ser humano perfecto, más fuerte y evolucionado. Lástima que el resultado haya sido fallido.

—¡Sácame de aquí! —grita asustada.

—No te canses. El laboratorio está cerrado y esta sala blanca insonorizada.

¿De qué demonios está hablando? Es cierto que tiene una inteligencia superior a la media, y también ese problema genético que hace que su cuerpo tenga una capacidad de regeneración y una fuerza asombrosas, pero ella solo es una adolescente de quince años. Aún así, necesita saberlo:

—¿Yo soy ese proyecto? —Su madre asiente— Pero yo no tengo ningún problema.

—Haces daño a la gente y ni siquiera sabes que está mal. —Se acerca a una consola llena de botones—. Por dios, mataste al bebé de los vecinos solo porque lloraba por las noches.

Así que era eso, otra vez el mismo sermón.

—Afectaba a mi rendimiento. Vosotros también decías que era insufrible. Yo solo arreglé el problema.

—No es culpa tuya. Algo fue mal desde el principio. Pensamos que sacarte del laboratorio y criarte en un entorno familiar lo arreglaría, pero nos equivocamos. —Presiona un botón y el cilindro empieza a llenarse de gas—. Ahora debo empezar de nuevo, revisaré…

Sigue hablando mientras el gas rodea a Daniela, que lanza golpes contra el cristal.

—Mami, sácame de aquí —gimotea desesperada—. Aprenderé, lo prometo.

—No, cariño, no puedes aprender a ser humana.

Su visión se nubla por el gas y las lágrimas. La imagen de su madre se hace borrosa, casi le parece un sueño cuando la ve desplomarse. Frente a ella está su padre, con el rostro ensangrentado y una barra metálica en la mano. Su querido padre, que apaga el gas y la coge en brazos para salvarla.

—Perdóname, Dani —susurra mientras la mece—. Nadie te hará daño.

Daniela le abraza fuerte. Se fija en un frasco sobre una meseta donde una araña prisionera se esfuerza por escalar el cristal. Su padre se equivoca, nunca estará a salvo. Al igual que aquella araña, siempre será el experimento de alguien y la eliminarán si causa problemas. Abraza a su padre con más fuerza, sin soltarle a pesar de los gruñidos y los espasmos. Cuando se rinde coloca su cuerpo sin vida sobre el suelo y le quita con delicadeza las tarjetas que le abrirán las puertas de la libertad. Pero antes de irse saca a la araña del tarro.

—Buena suerte, pequeña.

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