—Doctora Parker, preparado para la irradiación —informó Peter a su jefa.


La científica asintió y él pulsó el botón rojo. Ambos observaron fijamente el bote con la tarántula ser rodeado de la luz verde del plutonio. Dentro de sus monos blancos con protección de plomo al frente con el escudo del laboratorio, Peter echaba en falta una espada y un caballo. Estaba tan nervioso que se puso a tamborilear al ritmo de la cuenta atrás, mientras observaba el rostro de piedra de la doctora, como una gárgola, esperando comprobar si se movía. No llegó a verlo antes de que se distrajera pensando que esa sala blanca era como las de las películas cuando ibas al limbo y no había nada, sólo luz blanca imposible de alterar.


El grito de banshee a su lado lo devolvió a la realidad. La araña había mutado, era del tamaño de un elefante y golpeaba con sus patas el cristal protector de la cabina agrietándolo. Peter se quedó paralizado observándola sin poder creerlo, mientras la gárgola movía sus piernas de piedra huyendo hacia la puerta. Él vio el botón de pánico que pretendía presionar y decidió que sería el primero en llegar a él. Por desgracia, la araña logró su propósito en ese instante y lanzó un chorro de telaraña para detenerlos como si se creyera Spiderman. Peter rodó por el suelo como un ninja y logró esquivarlo, pero la gárgola era lenta. En menos de tres segundos la tarántula tenía un rollito de primavera de doctora Parker.


Tenía que hacer algo, o el siguiente rollito sería él, no había nada más en la sala y el monstruo obstaculizaba el botón del pánico. Debía ser él quien luchara por su vida, y quizás por la del rollito de primavera. Sólo podía hacer una cosa. Se bajó la cremallera del mono y lo empujó hasta tenerlo por las rodillas, se puso en cuclillas y apretó.


La primera caca activó los sistemas de desinfección. Los aspersores se activaron, pero blanquearon el cuerpo de la araña y corroyeron el suyo. El dolor era insoportable. ¡Iba a morir!


Se incorporó de golpe y lo primero que hizo fue palparse, una vez comprobó que estaba entero se dejó caer de vuelta al colchón, comprobó la hora, se dio media vuelta y siguió durmiendo. Al día siguiente sería un día normal y aburrido en el laboratorio, no le cabía la menor duda.

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