Sí, ese eres tú. Como todos los lunes, lo primero que has hecho ha sido abalanzarte sobre el primer espejo que has visto. No te sorprende tu rostro. Son tantos años saltando de cuerpo en cuerpo, de piel en piel, que es ya algo anecdótico. Tu nueva carcasa tiene cara de cansancio (que no se refleja en la excitación que te recorre por dentro), venillas que remarcan el blanco de los ojos y barba incipiente. Te quedas mirando tu reflejo hasta que consigues memorizar el rostro del que te has apropiado. Durante ese tiempo, los tentáculos que conforman tu ser se dedican a recabar retazos de información. El auténtico yo del hombre al que parasitas duerme en pedazos que te permiten averiguar detalles, una pizca, aunque suficientes.

Ahora sabes que eres Dominic Kraügen. Pintor. Adicto a las benzodiacepinas y a coleccionar amantes avocados a fracaso. Tu vida es un desastre del que no te arrepientes, es más, casi incluso lo celebras pues te recuerda al romanticismo. Hoy es un día anodino si no fuese porque estás tú.

Te cambias de ropa y desayunas algo. En la cocina hay más frascos que comida, supones que muchos de ellos son pinturas y enseres que te suenan como a recuerdo aun sin saber para qué sirven. Tu casa es también tu estudio, donde recibes a los clientes. Se trata de un ático bien iluminado y mal amueblado. Hay tal desastre que la sensación es de agobio con tantos trastos apiñados contra la pared y lienzos encima de lienzos, tinturas por doquier y demasiados botes. Dominic sabía encontrarle encanto, tú no. Huele a cerrado, a veneno de colores y polvo acumulado.

La primera clienta aparece tras buena parte de la mañana ventilando hasta convertir el ático en respirable. No sabes quién es, solo que quiere un cuadro o quizás un retrato. Cuando abres la puerta, tropiezas con la mujer con una cicatriz en el labio.

Ahora ya sabes por qué has despertado siendo Dominic.

La invitas a pasar adentro mientras te deshaces en reverencias, frases elogiosas y mucha conversación basura, aunque no inútil. Rascas información entre pregunta y pregunta. Ella no sabe que la semana pasada fuiste la frutera a la que le compró medio kilo de naranjas y que hace dos, la conductora de ese taxi vespertino. Llevas meses siendo su sombra, y antes de ella, la sombra de otros, gente relacionada entre sí por hilos rojos.

Llevas tanto tiempo así que casi has olvidado quién eras. Inmiscuirte en cuerpos ajenos ha borrado el tú, difuminando tus límites de tal manera que se han mezclado con restos de los demás.

Lo que nunca olvidarás es que mataron a tu hijo.

Cuando te despides de la mujer de la cicatriz, sabes algo nuevo, una nueva y valiosísima pieza para el puzle que estás reconstruyendo. Volverás a verla dentro de dos días y luego esperarás a que se complete la semana.

Estás deseando que llegue el lunes en el que por fin encontrarás al asesino.

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