El sol empezaba a ponerse. Debes darte prisa en terminar el cuadro, el tiempo se acaba. Tu modelo, inmóvil en la postura que le habías indicado, te mira divertida. Sabes que está viendo tus nervios, el temblor de tus dedos antes de decidirte a dar una pincelada. No puedes permitirte ningún fallo, no tienes tiempo ni más pintura.

—Tranquilo —dijo Artis—. Tardarán en llegar.

Tragas saliva y continúas. Puedes escuchar sonidos que venían de fuera, pero no alcanzas a distinguir de qué se tratan. Te llama la atención un detalle de Artis. Consigues relajarte y consigues plasmar como deseabas la cicatriz que iba desde el cuello hasta la mitad de su espalda. Te preguntas su origen, pero no quieres importunarla, y tampoco tienes tiempo para ello.

Al cabo de veinte minutos escuchas una explosión cerca. Quieres huir, pero tus piernas tiemblan y sientes tu sangre helarse al pensar en lo que haría Artis. Suspiras, intentas dejar atrás las últimas seis horas del secuestro para poder concentrarte. Piensas que lo mejor sería acabar cuanto antes, y empiezas a acelerar el ritmo al que pintas. 

—Si lo hubieses pedido por favor habría accedido igual.

—Hay cosas que no puedo pedir por favor, ya lo entenderás —respondió Artis.

—No creo. Quédate quieta un poco más, ya casi está.

Ya casi has acabado, sólo te falta darle tu toque personal, eres un profesional antes que un rehén.

Sonríes, ya has acabado. Tu modelo se acerca y, para tu alivio, da el visto bueno a tu obra.

—Va a ser un placer trabajar contigo.

—Espera, ¿qué? —preguntas, perplejo. Sonaba a que no iba a ser sólo un trabajo.

—¡Vas a desperdiciar tu talento en este vertedero! Además, no quedará mucha gente, hace rato que no se escucha nada.

Piensas «No le faltaba razón», no se oía nada desde hacía minutos, el silencio empieza a resultarte incómodo. Ahora ya no tienes tantas ganas de huir, no sabes si lo que hay ahí fuera será peor. Observas, con horror, como tu captora coloca unos dispositivos en la puerta.

—Minas, minas. No sé si ahí fuera hay unos tíos con rifles o unos necrófagos, pero no quiero averiguarlo.

Tragas saliva y te alejas unos pasos. Aún no terminas de procesar la situación. Tu respiración empieza a alterarse y haces amago de huir, pero recuerdas las minas en el último momento. Miras a Artis, que se encoge de hombros como si la cosa no fuera con ella.

No te dice nada más. Cuando coges el cuadro te agarra con fuerza y, de forma casi literal, te arrastra por los pasillos de aquella casa en ruinas. Sigues bajando las escaleras con ella. Oyes otra explosión, gritas cuando el techo tiembla. Escuchas ruidos de cascotes chocando, casi puedes visualizar el derrumbamiento, pero lográis salir a tiempo.

—Y ahora... ¿ahora qué? —preguntas.

—A ver al cretino que está prendado de mi para vendérselo. Sobreviviremos unas semanas con lo que saquemos.

Empieza a caminar, vas tras ella, apesadumbrado. Escuchas el derrumbamiento de parte de la casa. Después, se hizo el silencio.

—Odio mi vida.

—No eres el único.

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