La obra maestra +18

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Llevas una hora dando brochazos. Reconócelo: has perdido tu don. Tira ese cuadro y dedícate a otra cosa; ya no sirves para esto.

—Sí que sirvo —replicas concentrado en la pintura—. Es para lo único que sirvo. —Tus palabras se quiebran. ¿Vas a ponerte a llorar?  

Es gracioso que hables con la voz de tu cabeza; es de locos. 

Estás solo. Ella te abandonó porque ya no te soportaba.

Cierras los ojos para contener las lágrimas. Furioso, destrozas el lienzo y lo arrojas tan lejos como puedes. Aborreces que la voz tenga razón.

Miras tu torpe mano derecha, eras zurdo ¿no?

—Aprenderé a usar esta mano —dices apretando el puño con rabia—, volveré a ser el de antes.

¡Ja!, necesitarías dos vidas para adquirir la habilidad que tenías y ya has malgastado más de la mitad de la tuya.

Te sientas en el suelo y observas tu brazo izquierdo: donde antes empezaba tu mano, ahora una fea cicatriz hace que el muñón tenga un aspecto dantesco. Sollozas como un niño pequeño. Es divertido verte tocar fondo.

Hace rato que te está torturando la necesidad. Te secas los ojos y buscas a tu alrededor con urgencia; no te queda nada, ayer te metiste el último chute. Eres un drogadicto; un puto perdedor.

Te levantas y sacas de la chaqueta una bolsita con polvo blanco. ¿De dónde ha salido eso?

Sonríes por primera vez en mucho tiempo mientras coges una jeringuilla; preparas la dosis que te vas a inyectar, es mucho mayor de la habitual… ¿No estarás pensando en…?

Asientes con la cabeza absorto en tu tarea. Cuando todo está listo llenas la cánula con la droga; la observas dándole un par toquecitos con el dedo. Pareces orgulloso, como si fuera tu mejor obra.

—Mi obra maestra —dices satisfecho—, la que me va a llevar más lejos.

Pero no tienes por qué hacerlo, puedes empezar de nuevo: buscar otro trabajo; conocer a otra mujer. Matarte no es el camino...

—Es la única forma de librarme de la voz —murmuras mientras preparas tu brazo y buscas una vena que no esté demasiado destrozada.

¿La voz? Si ha sido tu única compañía desde que estás solo. La voz será como tú quieras: ¡la voz será como ella!

Levantas la vista y miras desafiante a tu alrededor.

—Tú nunca serás como ella.

Te clavas la aguja y bajas el émbolo. Es increíble que lo estés haciendo. Resulta que al final no eras tan cobarde.

Sientes el último subidón: el placer es indescriptible. Vuelas en éxtasis al punto de no retorno y justo ahí, cuando la realidad empieza a dejar de importarte, te das cuenta de que acabas de hacer justo lo que la voz quería: ésta es su obra maestra.

Ella entra en casa para hablar contigo y te encuentra tirado en el suelo; corre hacia ti, te sacude y te da un par de bofetadas: no reaccionas. Mientras saca el móvil para llamar a urgencias te abraza y te susurra entre lágrimas que todavía te quiere.

No le hagas caso: es todo mentira. Quédate en la oscuridad. Aquí nadie te abandonará.

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