Te has decidido por un paisaje de tus recuerdos. Está ahí, en tu cabeza, desde hace tiempo, pero te resulta más difícil de lo que crees plasmarlo en el lienzo. Tal vez por lo que representa, tal vez por la experiencia posterior, tal vez porque parece que ocurrió hace mucho tiempo.

Es como si toda tu vida hubiese sido así, piensas cada mañana cuando te levantas. Es como si todo lo anterior hubiese sido un simple sueño del que acabas de despertar. Sí, o tal vez estás ahora en ese sueño, ¿quién sabe?

Cada vez te cuesta un poco menos mirarte al espejo. «¿Cómo consigues pintar con solo un ojo?», te preguntan todos. Cansa responder casi siempre lo mismo: «¿Acaso no se pinta con el corazón?». Casi nadie sabe qué decir después, y tú te vas con una sonrisa de oreja a oreja que los confunde aún más.

Al principio fue peor. Los primeros días te frustrabas porque tu único ojo se cansaba más de lo habitual y tenías la necesidad de parpadear constantemente. Cuántos cuadros dejaste a medias por la frustración. De hecho, siguen descansando en un rincón del salón, algunos medio rotos; otros, se salvaron por los pelos y parece que suspiren, aliviados. Pero saben perfectamente que nunca serán terminados, y eso los envuelve en un aire sombrío.

Ahora no te es tan difícil. Te miras en el espejo, a la cicatriz que cruza la mitad de tu rostro y dices: «Me da un aire interesante». Pues claro, cómo no lo viste antes. Al fin y al cabo, tienes una historia que contar y algo de lo que hablar. Es una buena forma de romper el hielo. Y te das cuenta de que suelen responderte con otra historia suya o de alguien cercano que pasó por “algo similar”. Te has dado cuenta de que a la gente le pasan muchas cosas que merecen ser contadas. Y pintadas.

Respiras hondo y vuelves a aferrar con fuerza el pincel. Como si tuvieses guardada una fotografía en la mente, repasas los detalles de aquel macabro día. Las ruinas, los escombros, las vigas a punto de derrumbarse para siempre. No habías visto aquella vara de hierro que te iba a cambiar la mitad de tu perspectiva del mundo para siempre.

Y, sin embargo, sonríes y admiras tu obra. Te ha quedado perfecta. Te levantas, la sujetas con ambas manos y asientes con seriedad. Enmarcada quedará aún mejor.


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