«Esto está siendo más incómodo de lo que esperaba», te dices mientras frotas suavemente el pincel sobre el lienzo. Nunca antes habías retratado a alguien de la nobleza y la magnificencia de la misma estancia en la que trabajas te resulta intimidante. La luz de la luna llena se cuela por el enorme ventanal situado a tu izquierda, arrancando destellos plateados al cabello del marqués, del mismo color que la ceniza de la chimenea que se encuentra tras él, apagada. Tú lo dejaste muy claro en las instrucciones que le enviaste: nada de fuego ni de velas, solo la fría luz del astro nocturno. Aquello era crucial, así te lo había enseñado tu madre cuando te instruyó en aquel arte.

Por suerte, el viejo marqués es un hombre paciente. El peso de su cuerpo encorvado recae en un viejo bastón de madera labrada. Sus ropas parecen salidas de otro tiempo, igual que él mismo. Los ojos azules miran fijamente en tu dirección, pero no te ven; hace ya años que no ven nada. Aún así, no puedes evitar sentirte observada.

Continuas tu obra en silencio, perfilando las arrugas, las manchas de la edad, los estragos que la larga y penosa enfermedad ha ido dejando a su paso. Llega un momento, sin embargo, en el que te detienes, indecisa.

—¿Quiere que le quite la cicatriz?

Tras pensarlo unos instantes, el anciano niega con la cabeza.

—Prefiero conservarla. Hay una anécdota tras esa cicatriz y a muchas jóvenes les gustan las anécdotas. Y las cicatrices.

Asientes, olvidando que él no puede verte.

Cuando por fin terminas, quedan pocos minutos para el amanecer. La luz de la luna empieza a perder fuerza, no hay tiempo que perder. Cruzando los dedos ante ti, recitas las palabras que conoces de memoria, un cántico que aprendiste en tu infancia. Parece que no ha ocurrido nada, pero te asomas tras el cuadro y lo que ves te arranca una sonrisa de satisfacción.

—Ya está. Puede comprobarlo, si quiere.

El marqués abandona su puesto junto a la chimenea y se dirige al fondo de la habitación, donde hay un espejo. Su rostro rejuvenecido le devuelve la mirada. El cabello ha recuperado el color dorado de antaño y su piel es tersa y suave de nuevo. No queda ningún rastro de la enfermedad que durante tantos años lo ha tenido doblegado. Sin embargo, la fina línea rosada que le cruza la mejilla persiste, como él había pedido. A tu pesar, tienes que admitir que es un hombre apuesto.

—Excelente trabajo, señorita.

—Gracias —dices mientras apoyas el retrato del anciano en la pared, cerca de la ventana. El rostro decrépito te mira desde el lienzo con gesto amenazador; no hay rastro de la cicatriz en su mejilla, solo queda aquello de lo que el aristócrata ha querido deshacerse—. ¿Me hará el favor de recomendarme a sus amigos?

—Delo por hecho —responde el joven marqués, besándote la mano con una sonrisa y un guiño cómplice.

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