LA FÁBRICA

Tu nombre es Rodrigo Peña Alvera, naciste en un pueblo de Guadalajara en el año de 1631 un día de mayo.

Eres hijo de un carpintero llamado Eusebio y de una costurera de nombre Pilar.

A la edad de 16 años ingresas en el taller de tu padre, no de muy buena gana ya que tu verdadera vocación es ser pintor y deseas estudiar en la mejor escuela de arte del país. A los pocos meses de trabajar, sufres un grave accidente. Una noche, mientras tus padres y tú dormíais, la fábrica se incendia e intentas recuperar los trabajos realizados y algunos de tus pinturas, hazaña que te provocó una quemadura de gravísima importancia en tu mano derecha, impidiendo que desarrollaras tus destrezas pictóricas con esta extremidad.

La enorme cicatriz de la herida fue motivo de aislamiento con tu familia y frustración contigo mismo, al ver truncada tu faceta como artista.

Una tarde de junio de 1650, en los tiempos más difíciles de tu vida, se presenta Antonio Cañas, un viejo amigo de la familia quien visita el pueblo y, al ver los dibujos que conservas, te anima a intentar seguir pintando, por lo que haces un esfuerzo utilizando solo la mano izquierda.

Antonio, admirado de tu coraje, convence a tus padres de llevarte a Madrid con él para que hagas examen en la academia de don Diego de Velázquez, la escuela de arte más importante de España.

A vuestra llegada a Madrid conoces al maestro Emilio García. Te observa con mucha atención y se da cuenta de la marca de tu mano derecha. Sonríes sin darle ninguna importancia, ya que sabes que a pesar de tu inseguridad quieres desarrollarte como pintor. Para tu sorpresa, el mirarte con insistencia significaba darte una oportunidad y te cita a la mañana siguiente.

Llega el día, el gran reto que te separa de tu sueño. Tienes que realizar tu mejor obra, sientes la presión y empiezas a sudar. Tu extremidad derecha, que sostiene la paleta, empieza a temblar. El pincel que tienes en tu mano izquierda pesa como una roca. Miras a todos lados. El cuadro lo tienes en tu mente, pero no lo ves. La herida te duele, sientes miedo, recuerdas cosas del pasado, una de ellas el incendio. De repente, escuchas una voz dulce y tranquilizadora. Es como si tu madre velara y rezara por ti. La mano derecha deja de temblar, el dolor disminuye, sientes que el pincel es una pluma y tus movimientos viajan hacia tu niñez. Decides firmar como “Peña”. Terminas tu cuadro y te alejas.

Antonio accede por otra puerta. No le ves entrar, pero escuchas voces sin llegar a comprender quién está hablando. Segundos después, Antonio sale con una sonrisa.

“Felicidades, muchacho. El cuadro “La fábrica” te ha llevado a formar parte de la Academia de Velázquez.”


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