Estás acabado. Cuando el maestro sepa lo que has hecho te va a matar. Literalmente. La última vez derramaste un poco de parafina en uno de sus lienzos y las cicatrices todavía palpitan en tu espalda en los días de lluvia. Ahora que has abierto su frasco de tinta mágica, solo puedes esperar la muerte.

Apartas todos los trastos de la mesa de trabajo, te quitas la camisa y respiras hondo. Solo tienes una salida: utilizar la magia que se oculta en ese colorante oleoso. Has visto el encantamiento funcionar miles de veces. Conoces su poder, sabes cómo usarlo.

Con ayuda de una pequeña brocha empiezas a bosquejar los intrincados detalles en tu brazo. Si te equivocas en uno de los trazos, probablemente lo perderás, o quizá pierdas algo más. Sin embargo, la opción de enfrentar a tu maestro es aún peor: existen cosas peores que la muerte.

Dejas que el arte fluya, tu mente conoce el dibujo, tu cuerpo conoce la técnica. Los nervios no deben entorpecer tu obra.

 A medida que el encantamiento va cogiendo forma notas el poder vibrando en tu mano, el calor emanando de él. Cuando dos líneas se juntan, un brillo cobrizo empieza a iluminarlas. Sabes que es buena señal, que si te hubieras equivocado en algo… Tratas de esquivar esa idea, no necesitas más tensión.

Un ruido a tu espalda hace que pierdas la concentración y sueltes la brocha. Las pequeñas gotas de tinta que caen al suelo dibujan una negra constelación que no tarda en pasar del rojo cobrizo al verde esmeralda y después estalla, dejando un pequeño agujero humeante que huele a azufre y melaza.

Cierras los ojos y respiras. El corazón amenaza con estallar en tu pecho, desbocado. Ahora no es el momento. Ahora no. Solo ha sido un gato, un pájaro, o incluso el viento. Notas lágrimas corriendo por tus mejillas.

Recoges la brocha, la limpias y sigues con tu trabajo. Al fondo, en el silencio del taller, un retrato observa tu trabajo con aire reprobador. La perfección de sus rasgos y la severidad de su mirada hacen que casi sientas vergüenza por lo que estás haciendo.

Antes de terminar el trazo final, el que une el dibujo y deja que el poder fluya por él, recitas en voz baja el mantra que tantas veces has escuchado en boca del maestro. Tu obra está acabada y sientes su poder, la fuerza de la naturaleza concentrada en tu extremidad.

Observas el dibujo con detenimiento. Ahora sabes que cualquier movimiento en falso puede acabar en tragedia; cualquier aspaviento puede reducirte a cenizas. Has estudiado los gestos durante incontables horas. Conoces la teoría a la perfección.

Un escalofrío te eriza los pelos de la nuca. Lloras de impotencia y de puro terror. Tienes el poder de un dios en tu mano.

Pero tú no eres zurdo.


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