No te has sentido tan incómodo en tus cincuenta y dos años. Los sonidos de los cubiertos a tu alrededor no hacen más que crispar tus nervios.  

—Lo cierto en que está siendo un verano atípico, señorita Savage.

Tampoco soportas tener que participar en una conversación tan trivial.

—Mi prometido y yo no podremos visitar a su familia en Glasgow si continúa este clima; no soporto el calor lejos de la costa.

 —Es una lástima, querida.

Clavas la vista en el pudin de tu plato. No te apena la situación de la señorita Savage, su sensiblería no remueve una sola fibra de tu corazón. Su prometido y ella pueden quedarse retozando por las playas de Grimsby todo el verano y tú no sentirás ningún remordimiento.

—Creo que podemos retirarnos, caballeros. —El señor Savage se atusa el bigote y aprietas las mandíbulas. Ese maldito gesto de siempre.

Al entrar en la habitación para fumadores, el mayordomo te tiende una caja con puros, que rechazas con un gesto educado.

Tomas asiento entre el señor Savage, con su traje tan blanco como el pelo engominado, y el señor Stanton, el «Prometido de Oro». Te sirves un vaso de whisky y brindas con los dos caballeros. Te anima un poco haberte alejado de las atolondradas ideas de la señorita Savage.

Tu vista se posa entonces en el diván de tela azul con bordados en plata que descansa en un rincón, junto a la chimenea. Notas cómo el calor recorre tus piernas y sube hasta la cara. Te levantas de golpe y das la espalda a tus compañeros para que no reparen en tu excitación. Te acercas con pasos lentos al diván y lo acaricias con la yema de los dedos mientras te acabas de un trago la bebida.

—Qué sorpresa encontrar aquí el mueble favorito de su difunta esposa, señor Savage. —Esbozas una sonrisa amigable en su dirección—. La última vez que visité esta casa estaba aún ocupado por ella en una sala muy distinta.

—Yo también lo recuerdo y guardo el fruto de aquella visita a buen recaudo, señor Garrett.

«Como para no hacerlo», piensas con acidez. «Dudo que le interese lucir un cuadro de esas características en el comedor».

—Es una de las obras más bellas que he visto en un pintor de su prestigio.

En tu mente se confunden el movimiento del pincel sobre el lienzo con el sonido del roce de la tela de la mujer deslizándose hombro abajo.

—Y precisamente de eso quería hablarle en esta noche.

Tu mente intenta separarse de las palabras que la señora Savage te susurró al alabar tu obra para atender a las de tu anfitrión.

—Adelante pues, señor. —Tomas asiento de nuevo.

El alcohol no ayuda a alejar los recuerdos de la piel de la, entonces joven, señora Savage, de la cicatriz de sus labios acariciando tus dedos de artista.

—Me gustaría que mi adorada Evelyn contara con el consentimiento de su padre biológico para contraer matrimonio, señor Garrett.


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