Crees que eres especial, diferente. Mejor. Estás convencido de que triunfarás donde otros fracasaron. Un joven y prometedor pintor esperando su gran oportunidad, que llegó con el encargo de continuar el cuadro en el que habían participado los grandes pintores de la época y que ninguno había logrado terminar, ese del que todos hablaban pero que nadie había visto jamás. La oferta era tan tentadora que viniste a la Mansión Lafontaine sin hacer preguntas.

¿Cuánto tiempo llevas aquí? Semanas, meses, años. Es difícil decirlo. No recuerdas la última vez que fuiste al pueblo, ni siquiera consigues salir de la casa. Un escalofrío húmedo te recorre cuando te acercas al umbral. ¿Y si algo te ocurriera ahí fuera? Otro acabaría el cuadro y te robaría tu éxito. Cierras la puerta aterrorizado y corres a la habitación donde el cuadro te espera, presa de la necesidad de seguir pintando. Si tienes suerte ella estará allí, esperándote. Adeline, la solitaria y frágil dueña de la mansión, la pura imagen del candor que se desvanece cuando te atrapa entre sus piernas.

Me ves todos los días, pero solo te fijas en mi cicatriz, la que me cruza el rostro desfigurándolo por completo, maravillado ante mi perpetua mueca imposible. ¿Quién mejor que tú para apreciar el trabajo de un maestro? Pero no puedes ver lo que esta casa sin espejos te oculta: te has convertido en un fantasma consumido por una obsesión, pálido y ojeroso. Ya han comenzado los sueños, esos en los que te ves pintando desde el interior del cuadro hasta que te das cuenta de que no eres tú, sino otro, el que termina tu obra mientras desnuda a Adeline. Te despiertas, agitado y sudoroso, y te arrastras hasta el cuadro.

Al principio te costaba mirarlo. ¿Quién podría haber encargado algo así? Hombres sufriendo las más retorcidas torturas en una enfermiza representación del infierno. Rostros cargados de pánico y dolor, cuerpos mutilados y desollados. Pero supiste encontrar su belleza oculta, la perfección de los detalles, el familiar brillo de éxtasis en los ojos del diablo. Ahora imaginas nuevos tormentos para incorporarlos en el cuadro y te sorprendes del oscuro placer que te proporcionan tus fantasías.

Has cambiado, aunque no sabes cuanto, y sigues haciéndolo. Cierras todas las cortinas, pues es en la penumbra donde los colores te muestran su verdadera luz. Ya no intentas borrar las manchas de pintura que van conquistando la superficie de tu cuerpo. No importa cuanto frotes, sabes que son más parte de ti que tu propia piel y que seguirán devorándote imparables.

La dulce Adeline, siempre joven, eternamente bella y hambrienta, rodeada de los artistas más talentosos, aquellos cuyo espíritu brilla con más fuerza antes de consumirse. Los más suculentos.

El hueco en el cuadro junto al hombre de la cicatriz cruzándole el rostro ansía ser ocupado. Sabes que ya ha comenzado y no puedes pararlo. Todos lo saben en algún momento. La eternidad te espera aquí, al otro lado, en nuestro propio infierno.

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