Ninguno de los cuadros que aparecen en los catálogos de las exposiciones en las que has participado están hechos por tu mano. Para cualquiera con una mínima idea de arte y conocedor de tu carrera saltaría a la vista. Como sueles decir, el dinero lo compra todo. Y eso incluye voluntades y felicidad.

Tus comienzos fueron difíciles. Querías ser el más vanguardista, el más moderno y el más rompedor, y solo conseguiste que te ignorasen. Pero un día volviste a tu madriguera del centro y te lo encontraste: aquel cuadrito hecho por otro. Por Marcel, claro. Era perfecto. Todo lo que no eras capaz de transmitir estaba allí. Eso fue el comienzo. El azar marcaría tu obra, pero decidiste que te llevarías todo el mérito.

Ahora recoges todos los premios y condecoraciones y para nosotros no tienes ni una mención. ¿Cómo has tratado al pobre Marcel? ¿Es que no tienes vergüenza? Cuando venía un cliente te bastaba con meterlo en una habitación. Te mereces la cicatriz te hizo. Como no podía ser de otra manera supiste aprovecharla e inventaste otra historia sobre ella: un robo fallido en tu estudio. Que luchaste y que darías la vida por tu arte y que esa cicatriz en tu mejilla sería el recordatorio de ello. Eres hasta cursi. Eres una serpiente, un buitre. No soportas que te digan ni mu.

A mí no puedes meterme en un cuartucho del centro de la ciudad, ¿verdad? ¿Por eso te has mudado a las afueras? Ahora vives en esta especie de caserío abandonado. Algo a medio camino entre una granja y un matadero. Qué apropiado. Los techos tienen una altura descomunal y te escudas en que necesitas espacio para crear, para amontonar lienzos de un formato absurdo que finges que pintas y para realizar tus instalaciones. No eres más que un mamarracho. Quieres hacer ver que huyes del bullicio, que necesitas calma, paz, contacto con la naturaleza o algo así. ¿A quién quieres engañar? De nuevo buscas aparentar ser un artista cuando solo eres un farsante. No eres nada sin mí. ¿Recuerdas qué dice la crítica de ti? Que has vuelto renacido, que eres el fenómeno del siglo, que eres el nuevo Picasso. Qué más dará. Dicen que tu pintura es nueva y fresca. Que tu pincelada es vigorosa. Que cada uno de tus gestos es preciso como el pulso de un cirujano y que transmites más con un trazo de pincel que todas las obras de Shakespeare. Qué lástima. ¿Y si todos supieran que esos trazos tan vigorosos se hacen con el rabo? ¿Y si se enterasen de que esas historias que se ocultan tras cada pincelada no son más que el fruto del azar? Qué vergüenza. ¿Te imaginas que todos supieran que tus primeras obras las hacia un mono y que las últimas, las más ambiciosas, las que te han consagrado y las que te han valido millones de euros no son más que el meneo de cola de una vaca?

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