Es una noche de verano cuando te das cuenta de que tu madre, la muy bruja, llevaba razón. Podría ser una noche más, porque comienza como cualquier otra. Dejas tus pinceles para prepararle la cena a tu mujer, que siempre llega tarde alegando una reunión de última hora en la oficina o un atasco, y cocinas tarareando; el arte es magia pura. Cuando ella llega la mesa está puesta como si fuera un restaurante y las servilletas tienen forma de grulla. Ella te da un beso en los labios, de pasada, antes de dejarse caer en la silla y empezar a comer. Entre un bocado y otro ella te cuenta todo su día con detalle, o todo lo que quiere contarte, y tú escuchas con una sonrisa. Al principio del matrimonio intentabas meter baza, pero ahora ya sólo asientes o niegas con la cabeza como ella espera. En el postre se quita los zapatos y te busca con esos pies que ha llevado todo el día apretujados y sudorosos, pero tú lo tomas como la invitación más sexy y cariñosa.

Esta es una de esas noches en que ella decide que puede hacerte el honor de dedicarte algo de su tiempo, es una noche de jueves, por eso te dice que la pintes, como siempre. Es fácil saber las semanas que han pasado desde que la pompa del amor pasó y sólo eres para ella algo conveniente que tener en casa, para tener la comida y la cama caliente cuando llega. No obstante, a ti te sigue ilusionando que te lo pida. Por eso preparas el salón con cuidado para que ella se coloque en el sofá y cuando esta noche llega desnuda te tiembla el pulso por el deseo, ese insatisfecho por meses.


En cuanto se tumba como si se creyera Kate Winslet en Titanic, tú comienzas a dibujarla. Conoces cada curva y lunar de su cuerpo, por eso tus trazos con el lápiz son rápidos y seguros. También es la razón por la que te es fácil percatarte de ese chupetón en el cuello que de no ser por la posición taparía el pelo. El pincel con el que habías comenzado a dar color se queda suspendido sobre el lienzo y tus ojos la observan de nuevo detenidamente, buscando otras evidencias. Se detienen cuando llegan a esa cicatriz en el interior de su muslo que por un accidente de tráfico podría haber muerto, sucedió hace los mismos meses que llevas con ese deseo insatisfecho y más o menos las mismas semanas que llevas pintándola sólo los jueves. Tu madre también te lleva diciendo el mismo tiempo que eres un poco cortito de miras, pero esta noche abres los ojos.


Limpias el pincel concienzudamente y coges óleo rojo sangre. Pintas una línea sobre el cuello del dibujo murmurando unas palabras y tienes que extenderla por el sofá antes blanco y el suelo para ser fiel a lo que ves: tu matrimonio ha terminado.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Cecilia Kleiman @Cecilia hace 5 meses

    Muy bueno!

  • necrox1412 @necrox1412 hace 2 meses

    Buen relato, es una lástima que uno tenga tan poco espacio para escribir. La historia daba para mucho más. Por si te interesa podrías leer mi poema "Oda a la locura" de Necrox 1412. Creo que soy el único que se ha arriesgado a escribir poesía en lugar de historias cortas.


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