Pasas los días mirando por la ventana, hablando solo, pintando cuadros. Nunca callas, temes que el día que lo hagas ya nadie volverá a escuchar tu voz. Cierras los ojos y recuerdas cómo la gente se agolpaba para ver tu exposición, para comprar tu arte, para escucharte. Vivías por ellos; por la fama y el dinero. Trabajabas sin cesar, convirtiendo tu hobby en una prisión de témpera y óleo.

Siempre deseabas que llegara el lunes, tu día de descanso, que el resto pasara deprisa. Ahora todos los días son iguales y ya no los distingues. Quisieras volver atrás, a ese periodo confuso de vida desperdiciada. Suspiras.

De vez en cuando Marta, tu enfermera, finge interesarse, pregunta por los colores, los paisajes, la cicatriz que te cruza la mejilla y la historia tras ella. Te encanta contárselo, una y otra vez. Explicarle como aquel domingo, en el que conducías demasiado deprisa, se convirtió en casi tres semanas de baja con tu familia. Tu familia, Marta ya nunca pregunta por ella, sabe que te pone melancólico. Sabe que tu hijo es importante y no tiene tiempo para ti y que tus mujeres hace años que calientan otras camas con hombres mejores que tú

Triste, deslizas el pincel que no deja de temblar por el Parkinson.

—Los críticos lo llamarán: “la etapa agitada” de Pedro Galán. Será un éxito en años —murmuras contrariado.

—Se venderán como Picassos, padre. —Tú corazón da un vuelco, no le has oído llegar.

—¡Marco! —Le abrazas con ternura. Ya no estás solo—. Quieres un vino, ¿verdad? ¿Dónde estará esa mujer?

Tocas la campana para que venga la enfermera, es la una, aún hay tiempo de que la cocinera prepare salmón en papillot, el plato preferido de Marco. El chófer deberá ir al mercado, pero hay tiempo, es pronto aún. Tendrán que limpiar también la habitación de invitados y tal vez podáis echar una partida a las cartas, como en los viejos lunes cuando podías disfrutar de él.

—No hace falta padre, solo vine a traerle las pinturas que me pidió. Casi no le queda azul. —Frunce el ceño, parece preocupado—. No puedo quedarme a tomar vino, he de volver a la galería. Estará bien, ¿no?

—Claro, hijo, claro. —Le sonríes escondiendo tu corazón roto.

Sabes que en su día no supiste encontrar el tiempo para él. Esa es su temprana herencia; La obsesión por el trabajo, la devaluación del propio tiempo y de la familia, la vida de día festivo en día festivo… Solo esperas que tarde en darse cuenta menos de lo que tardaste tú.

—El lunes libro. Le prometo que me pasaré a comer. —Suspira cansado—. Verá que la semana pasa rápido.

Ves entrar a la enfermera y la despides aguantando las lágrimas. Por un momento olvidaste que no tiene tiempo para ti y ya no hará falta el salmón, ni la habitación, ni las cartas... A fin y al cabo, hoy, solo es un miércoles más.

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