Rothenburg ob der Tauber olía a limón podrido y tenía aliento de alcohólico redomado. El eco de tacones de aguja y náuticos sobre el húmedo empedrado me perseguía de taberna en taberna. Odiaba el sabor a caramelo rancio que desprendía esa turística ciudad amurallada. Sus casas perfectas me daban asco y el acento de aquellos germanos trasnochados me sonaba como el motor de un volkswagen que suplicara ser desguazado. Pero, en el último bar, un tipo con aspecto de zanahoria pasada empezó a contar una historia que captó mi atención y amenazaba con salvar mi día.

No sé si fue fruto de una borrachera, bien propia, bien ajena, o de mi pobre comprensión del alemán. Tampoco importaba demasiado, al fin y al cabo, una buena historia era una buena historia y no estaba yo como para desperdiciarlas.

Zanahoria juraba ser descendiente de una tal Wilhelmina, a la que, allá por la Edad Moderna, los habitantes de Rothenburg habían tomado por bruja. Una noche irrumpieron en su casa para apresarla. Para sorpresa de todos, se convirtió en conejo delante de sus narices. En realidad, siempre según Zanahoria, había huido a Polonia poco antes.

El conejo fue arrestado y entregado a las autoridades religiosas. Su destino era la hoguera, pero antes tenía que confesar. Las torturas habituales no sirvieron de nada, el conejo no habló y mucho menos se mostró arrepentido de los blasfemos actos de brujería de los que se le acusaba. El prelado de la ciudad pasó la patata caliente al obispo que, tras consultar salmos y encíclicas, no tuvo más remedio que personarse en Rothenburg para dirimir la cuestión. El mal humor y la gota que traía el buen obispo cristalizó en una limpia entre los vecinos de la ciudad en busca de herejes, iluminados y gibados con los que alimentar las hogueras de su ira.

Un granjero de la zona solicitó audiencia aduciendo que podía traducir los movimientos de hocico del conejo. Por desgracia fue quemado por hechicería antes de poder ayudar en el caso.

Enterada de lo que sucedía y sin poder aguantarlo más, Wilhelmina se presentó en Rotherburg exigiendo la liberación del conejo y dando su palabra de que ni era bruja ni coneja. Fue capturada y cremada ese mismo día, el obispo regresó a Berlín y todos respiraron tranquilos el ceniciento aire de la ciudad.

El conejo pasó entonces a disposición de un juez civil, que lo absolvió de todos los cargos y se lo cenó luego con guarnición.

Zanahoria sorbió un poco de cerveza y dio por terminada su historia. Revisé mis apuntes. Era una historia absurda, sin gancho ni moraleja. Me la guardé en el bolsillo de las ideas delirantes, pagué lo mío, invité a aquel pobre diablo y me fui. Antes de salir por la puerta, Zanahoria se giró en mi dirección y me preguntó que qué haría yo si viese consumirse en fuego y llamas la ciudad.

Dejaría que ardiese, le dije. Dejaría que ardiese hasta los cimientos.

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