—¡Almirante! ¡Señor!

—¿Sí?

—No queda... nada.

¿A qué se refería la teniente María con tales palabras? ¡Por supuesto que quedaba algo! Todavía se hallaba frente a los cuatro navegantes supervivientes aquel rojizo y tan hermoso sol a ojos de Cristóbal Colón; todavía podían hablar, respirar, mirarse mutuamente y recordar tanta tragedia vivida; todavía podía... todavía podía discernir entre la realidad y la ficción. Todavía podía volver a casa.

El viaje había sido un auténtico desastre: el amigable mar agitado había resultado en última instancia el mayor problema al que Colón se había enfrentado en toda su vida. Deseaba odiarlo, preguntarle por qué les impedía encontrar tierra, ya fuera nueva o la del hogar. Quería expresar su ira y lanzar su aliento al descorazonador mañana que no aparecería. Quería...

—No. Todavía nos queda algo. 

—¿Y qué es? —preguntó la teniente María con una voz transparente al dolor que sentía. 

—Preguntas que necesitan respuestas; respuestas que generarán nuevas preguntas. ¿Dónde estamos? ¿Cuándo estamos? ¿Hacia dónde vamos? 

—Debería conocer la respuesta a esa tercera: hacia el Asia occidental. Quería encontrar nuevas rutas, ¿recuerda?

—Apenas puedo recordar quién soy.

Cristóbal se puso en pie y se tambaleó. Esbozó una mueca, apretó los dientes y se aferró con desesperación al viejo mástil del barco. Sintió un crujido, algo que pareció romperse, y buscó con la mirada qué era: la tormenta habría abierto seguramente nuevos agujeros en la nave, deseosa de llevarlo con el mar y cerrar sus ojos para siempre. 

Lo merecía... Sí, Colón sabía que lo merecía con toda su alma: el oficio de marinero y de cartógrafo no había sido más que una excusa para blandir una vez más una espada. "Almirante": ese era su verdadero título. Ese era el nombre que siempre le había hecho sonreír, sentirse orgulloso de sí mismo, saber que estaba... vivo.

Ahora, estaba más vivo que nunca.

—Sois el Almirante Colón. No es fácil de olvidar.

—¿Qué será de las respuestas que tanto anhelo?

—Podrá hallarlas cuando acariciemos el hogar una vez más.

Un trago más: bastó con un trago más para que la botella de alcohol se deslizara de sus dedos y se rompiera en mil pedazos contra el suelo de madera. Cristóbal Colón se rió, se dejó caer poco a poco en el suelo y se secó las lágrimas de los ojos con la manga de la camisa blanca que llevaba.

—O quizá tenga usted razón y no haya respuestas. Quizá es hora de partir.

La teniente María se vino poco a poco abajo, permitiendo pacíficamente que el fuego la consumiera. Su voz fue lo último que Colón escuchó antes de sonreír para sí mismo y cerrar los ojos.

—No volveré solo.

Recuperó varios de los cristales de la botella que había estrellado contra el suelo por accidente, cortándose las manos, y caminó sin prisa hacia el borde de la teniente. Entonces, se aferró a ella, se quemó la mano y saltó a bañarse.

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